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Opinión | Firma invitada

Corrupción

Tenemos una clase política que se parece poco a las gentes, se renueva poco y guarda magníficas relaciones con unas élites cada vez más cerradas

La corrupción exige varias condiciones que nuestra sociedad y su ya maltrecha democracia cumplen de sobras. Primero, que los políticos se parezcan entre poco y casi nada a las gentes que representan. En España, si el 53% los diputados estudió en colegios privados, 2 de cada 3 gentes fueron a la pública. Además, si un 47% de los parlamentarios ha experimentado una movilidad intergeneracional ascendente, hasta hace unos años el ascensor social solo ha funcionado para el 20% de la población. Finalmente, aunque sólo la mitad de los electores confiesa sentirse tanto de su comunidad autónoma como de España, entre sus representantes piensan así 2 de cada 3.

Segundo, que las élites políticas circulen o se renueven muy poco, algo de lo que nuestro país sabe mucho. En efecto, el 42,6% de los altos cargos del franquismo permaneció tanto en la época de UCD como en la del primer periodo de gobierno del PSOE, lo que quiere decir que sólo la mitad de tan alto escalafón fue renovada durante la Transición.

Tercero, que los políticos y grandes empresas, da igual el partido y la generación a la que pertenezcan, se lleven bien. Esto tampoco se nos da mal. Una prueba de ello es que en las 35 empresas que hace 34 años, durante el primer reinado del PSOE, formaron el Ibex, había 29 consejeros procedentes de la Administración de Franco. El año 2000, ya en tiempos de Aznar, todavía el Ibex tenía 29 consejeros franquistas, la misma cantidad que proporcionó el socialismo de González, ambos muy por encima de los 15 que venían de la UCD, los 5 de la Monarquía en su reinado sin democracia (1975-1977) y los 4 del PP. Todas esas empresas, que tan bien mezclan con nuestros políticos, sea cual sea su origen, suponen el 50% del PIB español, si bien apenas aportan el 7,5% de los ingresos fiscales totales y sólo crean el 7,35% de los empleos.

Y cuarto, que nuestras extractivas y cada vez más voraces élites quieran saber menos de las gentes y solo de sí mismas, algo que en el ámbito económico se cumple de sobras. En efecto, si en 1991 la red de altos cargos económicos estaba formada por 76 consejeros y el año 2000 aumentó a 249, las relaciones entre ellos se redujeron más del triple, pues en 1991 cada uno se relacionaba por término medio con el 22% del total, mientras que en el 2000 sólo lo hacía con el 7%.

Conclusión. En España, al menos desde la Transición, tenemos una clase política que se parece poco a las gentes, se renueva poco y guarda magníficas relaciones con unas élites económicas cada vez más cerradas y gorronas. Estos datos no son suficientes para explicar del todo la corrupción que asola a España, aunque sí permiten entender una buena parte de ella. n

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