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Opinión

Retrato de Aragón en 2025: de la efervescencia económica a la inestabilidad política

Aragón podría estar ante un callejón sin salida si las elecciones del 8 de febrero no despejan la gobernabilidad de la comunidad o si los partidos son incapaces de sellar acuerdos que beneficien a los aragoneses

Un operario prepara las urnas en las pasadas elecciones de 2023.

Un operario prepara las urnas en las pasadas elecciones de 2023. / Jaime Galindo.

A falta de tan solo tres días para que las uvas den paso a un 2026 electoral, Aragón echa la vista atrás y comprueba cómo el año que está a punto de apagarse ha dibujado un escenario de contrastes. La comunidad cierra su primer cuarto de siglo con una efervescencia económica que ha quedado diluida por una inestabilidad política que ha provocado la convocatoria de unas elecciones autonómicas anunciadas en el epílogo de 2025. Una vez más la vida real y la política han seguido caminos divergentes, lo que, por desgracia, ahonda más en la idea de que la política genera más problemas de los que resuelve y eso comienza a ser preocupante.

La buena evolución del empleo, con cifras históricas del mercado laboral (menos de 49.000 desempleados y casi 635.000 ocupados), e inversiones milmillonarias en sectores estratégicos como la tecnología, la industria del automóvil, la logística, la construcción y el sector agroalimentario son una base sólida sobre la que cimentar un optimismo más que justificado desde el punto de vista económico. Es, sin duda, la cara de la moneda de un año, en el que también se abren grandes incógnitas. ¿Cuál será la disponibilidad de trabajadores para afrontar y poner en pie todos los proyectos que se están fraguando en la comunidad? ¿Qué importancia tendrá la formación y la atracción de talento para cumplir con las expectativas de desarrollo? ¿Habrá un proyecto político estable para mantener el rumbo sin perder el norte?

El pleno empleo se acerca a Aragón, una comunidad que está en disposición de cerrar un círculo virtuoso en el que la riqueza generada permita ofrecer un empleo cada vez más cualificado y en mejores condiciones tanto a los aragoneses como a quienes vengan a trabajar a esta tierra. Esa realidad debería redundar en una mejora de los ingresos públicos que haga posible el refuerzo del sistema educativo y sanitario, dos anclajes fundamentales de las sociedades desarrolladas y un salvavidas que por sí solo aleja a la comunidad de una mayor desigualdad.

Las políticas de formación, vivienda e inmigración serán decisivas para que Aragón afronte el horizonte de 2030 con buenas expectativas

La inmigración, otro de los debates que ha estado sobre la mesa a lo largo de todo este año, se ha revelado como uno de los puntales del desarrollo de Aragón, no solo como freno a la despoblación sino también como elemento decisivo para el crecimiento económico y social de la comunidad. Quien no entienda esa tozuda realidad carece de perspectiva, desprecia la posibilidad de que Aragón piense en grande y solo contribuye a generar ruido a través de postulados exclusivamente ideológicos.

Otro de los asuntos capitales que ha sido una constante en este 2025 ha sido la vivienda. El acceso a este bien básico es el principal caballo de batalla al que se enfrenta la sociedad española, en general, y la aragonesa en particular. De nada sirve subrayar las grandes cifras macroeconómicas y contar con un trabajo si las familias o los jóvenes tienen dificultades para llegar a final de mes porque no pueden pagar la cuota de la hipoteca o el alquiler. Eliminar de la ecuación esta realidad solo servirá para alimentar la desigualdad social, elevar la desafección hacia la política y contribuir a crear una sociedad a dos o tres velocidades. El aumento de la construcción de vivienda pública asequible y la puesta en marcha de medidas para contener los precios, a través del aumento de la oferta y poniendo coto a la especulación deberían estar en el ADN de cualquier partido político que tenga un mínimo de sentido común.

Pero en toda esta ecuación hay un factor que lo condiciona todo: la estabilidad política. Aragón podría estar ante un callejón sin salida si las elecciones del próximo 8 de febrero no despejan el horizonte. O las urnas dan opciones de conformar un Ejecutivo que ofrezca estabilidad a la comunidad o los partidos políticos (sean los que sean) estarán obligados a establecer acuerdos que antepongan los intereses de los ciudadanos a los partidistas. Lo contrario puede llevar a un territorio peligroso que empieza por dejar de creer.

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