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Opinión | CON SENTIDO/SIN SENTIDO

La música como síntoma

Un reciente estudio de la Universidad de Viena ha analizado más de 20.000 canciones de la lista Billboard, entre 1973 y 2023, para concluir que nuestra música popular ha ido expresando más estrés, más negatividad y letras más sencillas. También los musicólogos detectan un empobrecimiento de las melodías y una «homogeneización del espectro sonoro»; no es cuestión de gustos generacionales, sino una tendencia que se va confirmando año tras año. Cualquier observador perspicaz comprobará que la música comercial es cada vez más simple, más ruidosa, más pobre en vocabulario o en acordes y variaciones tonales: no solamente estamos comprimiendo la sonoridad en los soportes...

Si atendemos a las letras, domina lo sexual (descaradamente machista a veces), la exaltación de consumo y riqueza, todo ello con un narcisismo reverberado por las RRSS; apenas queda rastro del vuelo lírico, de la metáfora. Otros síntomas parecidos se aprecian en la versión mainstream de la literatura y otras manifestaciones creativas. ¿Estamos ante involución cognitiva planificada? Si bien existen ámbitos de resistencia de una creatividad más compleja y profunda para audiencias selectivas, cada vez más se imponen los mercaderes del algoritmo con músicas ruidosas, simples, repetitivas, que aspiran a engancharnos con esa glucosa digital en los seis primeros segundos para activar nuestra parte más límbica, menos reflexiva.

Los antiguos griegos relacionaban la música con el cosmos y con las matemáticas que lo medían; entonces estaba vinculada a lo sagrado, pero esta dimensión ha sido progresivamente laminada en la actual «sociedad de la transparencia» que, según Han, anula también lo complejo. El símbolo y la metáfora están desapareciendo en las canciones del mercado dominante, porque ya no estamos conectados con la naturaleza; en el nuevo mundo artificial sustitutivo no tienen sentido aquellas matemáticas que reflejaban las proporciones del universo analógico, sino el algoritmo diseñado para reiterar machaconamente modelos de consumo predeterminados.

Así están siendo acosadas la diversidad y complejidad musicales por una homologación global planificada desde el laboratorio. Este jaque a la estética compleja va unido a otro que amenaza a la ética; si renunciamos a la complejidad de las formas, lo haremos con la del pensamiento. De hecho, este triunfo del Gran Hermano musical va parejo a la simplificación de las ideas que están empedrando el camino de los autoritarismos. Rebelarse contra la alienación musical dominante (apostando por el silencio o por la música compleja y creativa) es también un acto de resistencia democrática.

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