Opinión | SALA DE MÁQUINAS
Proust
El sello Alfaguara ha tenido el buen gusto y la mejor idea de lanzar al mercado una nueva edición de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, con traducción de Mercedes López-Ballesteros. Por el momento, han aparecido los dos primeros tomos: Por el camino de Swann y A la sombra de las muchachas en flor.
Cuya lectura, como antiguo devoto de Proust, me ha vuelto a fascinar como un nuevo bautismo.
¿Razones? Muchas. Dos, fundamentales.
La primera, el estilo. Tan rico y brillante en recursos como un tapiz recamado por los mejores hilos, sedas y piedras preciosas. Una prosa que milita en la devoción a la belleza, pero que no se limita a describir, a reflejar, pues lleva aparejada la acción, y con ella el dinamismo de una secuencia que arranca por allá atrás, en el pasado, para ir acercándose, como a oleadas, hacia el tiempo presente (detenido o inconcreto).
Por otra parte, los personajes. Numerosos, variados, perfilados... Emergiendo sus movimientos y pensamientos –sus vidas, realmente– entre esa enorme acumulación de palabras que parecen mecerse unas a otras, como si el lector se encontrase frente a un mar que va cambiando su superficie según sopla el viento de las pasiones o alumbra el sol de la razón o derrama instinto la luna con su plateada luz por la superficie de frases que encadenan armonías y sonidos tan musicales que, a menudo, se nos olvida que estamos frente al mar del lenguaje o frente a las páginas de un libro, para parecer hallarnos en una sala de conciertos, escuchando a una orquesta de cámara. Swann, Odette, el barón de Charlus, el pintor Elstir, el matrimonio Verdurin, la bella y adolescente Albertine, la criada Françoise, los padres y abuelos del autor, tantos habitantes de París, de Balbec y del resto de poblaciones y residencias rurales donde transcurre la múltiple trama... Caracteres y paisajes que el mago parisino va elevando sobre las cenizas de sus recuerdos, a partir del sabor de su famosa magdalena o de ese casi sagrado beso que su madre le daba antes de dormir, y sin el cual no era capaz de conciliar el sueño.
Encanto, magia, seducción... Todo cuanto se diga de este monumento literario de Marcel Proust se quedará corto frente a su inmortal y siempre renovada (a cada traducción, a cada lectura) grandeza.
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