Opinión | Sala de máquinas
Un testamento, un abogado
Una de las actividades extraliterarias –por decirlo así–, de John Grisham, consiste en tratar de liberar o exonerar a presos que cumplen condena después de haber sido injustamente acusados y sentenciados a penas de privación de libertad.
No en vano, antes de dedicarse a tiempo completo a escribir novelas de éxito, él mismo trabajó activamente como el abogado que es. Gremio, naturalmente –el de la abogacía–, del que Grisham lo sabe todo, o casi todo, y gracias al cual ha conocido a infinidad de juristas, así como la mayoría de casos célebres de su país, Estados Unidos, donde la ley es un poder, un negocio, un hábito y una presencia activa en las vidas de millones de personas.
En su última novela, La viuda (Plaza & Janés) Grisham da aliento en la ficción a un abogado de Virginia, Simon Latch, a cuyo bufete se confía un encargo de extraordinario perfil que, por sus hipotéticos beneficios, podría cambiar su vida. Se trata del testamento de una mujer muy mayor, viuda, cuyo difunto marido había comenzado trabajando como reponedor en los almacenes de Coca-Cola, para concluir su periplo laboral atesorando suficientes acciones de la compañía como para cabalmente poder juzgarse un hombre rico.
Sin embargo, para hacerse con la confianza y la abultada cartera de su clienta, Latch precisará antes deshacerse de otro letrado, un compañero suyo a quien la viuda también ha consultado previamente, y que podría haberla captado para sus propios intereses, haciéndole firmar una serie de documentos comprometidos.
Entre la moral de ambos abogados, el extraño carácter de la clienta y esa especie de nube de dinero de la que cuelga la ambición de la mayoría de los personajes, Grisham acertará a dibujar una trama llena de recovecos y giros. Aderezándola, como también es costumbre en él, con una carga de realismo que nos permite visualizar la manera de vivir de la clase media virginiana, asistir con ellos a los pubs, jugar al póker virtual (Latch, el protagonista, es ludópata) o, simplemente, disfrutar de un paseo por las tranquilas calles arboladas de una ciudad donde no parece pasar nada, aunque, bajo el tapete de la ley, esté sucediendo de todo.
Abogados, juicios, estafas, pasiones: John Grisham.
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