Opinión | La comedia humana
El Gran Mecanismo
En el mundo del teatro, Shakespeare reflejó como ninguno El Gran Teatro del Mundo y también Calderón tituló así una de sus obras. Cada vez que el mundo da una vuelta, inspiramos profundamente y nos ponemos a contemplar este teatro en recorrido anual, a ver si ha aparecido algo realmente novedoso; pero, como se dice ahora, se repite el mismo patrón, una especie de Gran Mecanismo que va girando incesante, subiendo a unos y bajando a otros alternativamente en un vaivén sin final y con una parte oscura y pestilente repetida en el guion. Los dos partidos hegemónicos en votos no son capaces de presentar un ejercicio sin que alguno de sus subjefes, jefecillos o allegados, incurran en corrupción; y eso que todos comienzan proclamando que con ellos no, ni hablar, de ninguna manera.
Cada uno se corrompe a su manera, claro. Unos van sisando en paquetes de decenas de miles hasta juntar un millón o dos y otros se levantan los millones en partidas de cientos de miles, desde despachos de ministerios y/o vendiendo leyes. Pero, aunque el matiz es importante, el principio vulnerado es el mismo; y además está el folclore costumbrista, que a menudo resulta casi más insoportable que la guita que se levantan. Cuando roba la élite guarda el dinero con más estilo y discreción (décadas de práctica); los otros directamente en putas, o en colocar a la parentela con un sueldillo apañado.
Y así, año tras año, lustro tras lustro, la rueda de la vida y de la muerte va dando sus vueltas, engrasada con el mismo aceite mugriento de la corrupción, que al parecer es parte integrante de nuestra cultura; un milenarismo tan ibérico como el mismísimo jamón –con perdón del buen cerdo, éste sí que inocente, que da su vida para nuestra felicidad.
En fin, en el teatro del mundo, Shakespeare dibuja su Gran Mecanismo que lleva a unos reyes y trae a otros en un picadillo de sangre incesante; el nuestro es sin mayúsculas, y sus gangilones suben y bajan cargados de dineros robados.
Según la escatología cristiana, hasta el mismo Cristo lo anunció: habrá uno de vosotros que me traicionará. Pues aquí debería ser lo mismo: cada nuevo presidente electo debería empezar avisando: seguramente habrá quien se llenara los bolsillos robándonos a todos, pero a ver si es posible que no se culpe a miles por la vileza de algunos. Tal vez así podría evitarse la monserga mutua del y tú más, que va deslustrando a unos y a otros y poniéndolos a todos en injusta almoneda. Así que por lo tanto, ni unos ni otros se pongan tan estupendos acusando a su contrario como si hablaran inocentes las once mil vírgenes; que ya dudaba Jardiel Poncela que las hubiera tantas (y que ni falta que hace, añadimos) a no ser las santas patronas municipales, que carecen de humanas tentaciones, como es sabido, y resplandecen impasibles de arrobos y purpurinas.
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