Opinión | Ojo avizor
El regalo de la curiosidad
Es muy lúcida esa afirmación de que, a través de la lectura o el cine, uno tiene la oportunidad de asomarse a muchas vidas en vez de quedarse limitado a vivir la propia, como muestra de la riqueza que suponen las manifestaciones culturales y el crecimiento personal que posibilitan. Aquí entra en juego un aspecto fundamental: las referencias. La cultura nos permite sumergirnos en otros paisajes, asistir a testimonios que nos orientan, a modelos en quienes nos reconocemos o a los que aspiramos. La cultura, bien entendida, abre la mente, educa. Y la consecuencia es una clara repercusión en el rediseño de nuestros valores: la solidaridad, el respeto a la diferencia, la empatía, la prudencia a la hora de juzgar... son valores y actitudes que fomenta la cultura. Como ejemplo, el hecho de que en películas o libros haya más presencia hoy de personajes femeninos relevantes ayuda a transformar la mentalidad hacia una concepción más justa de la mujer. Igualmente, otro ejemplo lo tenemos en el hecho de que la inclusión de protagonistas homosexuales en series, teatro, novelas... etc., además de responder a un reflejo más fiel de la realidad, lleva tiempo ayudando a una progresiva visibilización y normalización. ¡Cuántas personas se hubieran comportado de un modo más considerado y respetuoso hacia ese colectivo si hubieran podido conocerlo al margen de los estereotipos y los prejuicios! Por no hablar de cuántos adultos hoy se habrían ahorrado sufrimiento si de adolescentes hubieran podido reconocerse en personajes de cine, teatro y literatura, inexistentes –invisibles– en las obras de otras épocas. De ahí la importancia de las referencias y del daño que supone la censura sobre lecturas o materiales para jóvenes y adultos en centros educativos, por ejemplo. Esquivar lo incómodo es una mala estrategia.
Sí, la cultura nos hace –nos debería hacer– mejores. A lo largo de la historia se ha utilizado la narrativa en sus diferentes manifestaciones artísticas como un método muy eficaz para educar al pueblo, para enseñarle valores y comportamientos y ayudarle a distinguir entre el bien y el mal, así que no es nueva esa influencia. La cultura nos ayuda a maniobrar en un mundo cada vez más complejo, nos guía –si se emplea bien, no como instrumento manipulador– para que no perdamos el rumbo.
A mí me resulta difícil concebir la inquietud cultural al margen de la curiosidad. Siempre he considerado que las personas cultas, las que tienen esa sensibilidad por conocer en profundidad, por aprender, han de ser necesariamente curiosas. La gente culta explora: viajando físicamente o a través de los libros, del cine y del teatro, de la música, de la historia, del arte en general... Y es esa curiosidad la que te lleva a conocer realidades distintas, otros planteamientos vitales, formas diferentes de pensar, de crear o de sentir. Por eso, en principio, la cultura genera una mayor predisposición hacia la empatía. Cuanto más conoces del mundo, menos sólida es la convicción de que tus opiniones o tus preferencias están por encima de las de los demás. La cultura te obliga a ampliar horizontes, a cuestionarte, a tener conciencia de tu propia pequeñez. Precisamente la ignorancia es la base sobre la que se asientan los prejuicios, los fanatismos de toda índole y posturas tan absurdas como el negacionismo. La cultura bien entendida conlleva una cierta humildad, debe obligarnos a recelar de las certezas propias y a escuchar. Sin embargo, por desgracia, en los últimos tiempos asistimos a un fenómeno distinto, el de una polarización a la que también se suman –me resulta incomprensible– personas cultas, con acceso a todo tipo de conocimientos y formación amplia, que restringen su curiosidad y se limitan intencionadamente a quedarse en territorio conocido, recreándose en lo propio y cayendo –qué triste– en el mismo error que provoca la incultura: la ausencia de autocrítica, la incapacidad de reflexión honesta, la resistencia a analizar con objetividad y respetar argumentos ajenos, el rechazo de los matices. En cualquier caso, es indudable que, incluso en este ambiente de crispación, la cultura siempre favorece la posibilidad del entendimiento.
En estas fechas les invito a plantearse como propósito para el inminente 2026 recuperar esa curiosidad que, a menudo, el propio ritmo irreflexivo de nuestras vidas –y el maligno algoritmo que alienta las visiones sesgadas– ha ido ahogando. Pidamos a los Reyes ese ánimo explorador. ¡Feliz Año Nuevo!
Suscríbete para seguir leyendo
- El Real Zaragoza se posiciona por Aleksa Puric pendiente del visto bueno del Atlético
- La aragonesa Lidia Ruba abandona el Dakar por un conflicto con la organización
- El Ayuntamiento de Zaragoza lo confirma y accede a la petición de los barrios sobre la ubicación de la Cincomarzada
- La multinacional que aterriza en Zaragoza y promete optimizar 'al 95%' el coste de energía de los centros de datos
- ¿Cómo afecta a los aragoneses el hackeo a Endesa?: la empresa notifica el ataque a los afectados
- Adiós al histórico concesionario de la Opel en Zaragoza: a un paso de su demolición
- Comienza el desmontaje de una de las antenas de telecomunicaciones más antiguas del centro de Zaragoza
- Samantha Vallejo-Nágera sorprende con su visita a un restaurante de barrio de Zaragoza tras su salida de Masterchef: 'Una leyenda de la gastronomía
