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Opinión | SALIDA DE EMERGENCIA

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Entre todos los datos escalofriantes que genera la violencia machista hay uno que es irrefutable y es 1.300 mujeres han sido asesinadas desde 2003

Hay días que se sostienen extraños y que son el preámbulo de cosas que no deberían suceder y que suceden ante el asombro y el fracaso de la sociedad que somos y que como tal nos nombramos. Este año 2025, que acaba de irse, se cierra con 46 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas dejando madres y padres hundidos, hermanos y hermanas desolados e hijos e hijas que tienen la ardua tarea de seguir viviendo, sabiendo que tu padre ha asesinado a tu madre porque ella es mujer y él es hombre y él no puede soportar que ella tenga magia y hasta libertad en una casa en la que las paredes escuchan los golpes y al mismo tiempo los silencian.

Hay negacionistas de la violencia machista y desgraciadamente cada día parece que son más, según vemos cómo los partidos que niegan este tipo de violencia van sumando votantes con un discurso que resulta altamente contaminado de valores que una vez más quieren dejar a la mujer fuera y al margen, encerrada y golpeada o no, siempre silenciada.

Entre todos los datos escalofriantes que genera la violencia machista hay uno que es irrefutable y es que desde el año 2003, que es cuando comienzan a recabarse los datos sobre esta lacra, 1.300 mujeres han sido asesinadas y aquí parece que no pasa nada y que con eso del minutos de silencio borramos nuestra culpa, que la tenemos, por permitir que esas 1.300 mujeres hayan sido asesinadas.

Porque de alguna forma lo permitimos con expresiones tibias, con políticas que no previenen y con un discurso social en el que la mujer sigue siendo la Eva que tentó a Adán y que provocó ese pecado original que arrastramos y dinamita nuestros corazones y por el que un zapato, un tacón y una minifalda son el desgarro que todo lo justifica. A él, no a ella, que sigue indefensa y culpable porque es mujer y quizá la acosen, quizá la odien por ser mujer, pero eso poco importa porque todo sigue inalterable, inadmisiblemente asumido, torcido y desordenado.

Hay un grito, un golpe y luego el silencio que hace que nos tiemble el pulso sabiendo que llegará otra, no sabemos dónde ni cuándo, pero sí sabemos que ya es una víctima, haya denunciado o no, y que para ella los días se sostienen extraños y son el preámbulo de lo que no debiera suceder, pero sucede, siendo su muerte nuestro fracaso y nuestra condena. Si acaso tuviéramos corazón.

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