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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Frankenstein

Doscientos años después de que su autora, Mary Shelley, lo creara en una portentosa novela, escrita con tan solo dieciocho años de edad, el mito de Frankenstein vuelve con fuerza.

Estas últimas semanas, además de la película de Guillermo del Toro, aparecen dos nuevas ediciones en castellano: la de Ediciones Invisibles, con traducción de Ana Mata Buil, y la de Planeta, con traducción de José C. Vales y prólogo de Siri Hustvedt.

Mary Shelley comenzó a escribir Frankenstein a orillas del lago Leman, en Suiza. Cerca de Villa Diodati, donde Lord Byron residía en compañía de su médico, el doctor Polidori, asimismo escritor y autor de una de las primeras versiones de otro mito destinado al éxito en el universo del terror: el vampiro.

Mary y su marido, el poeta Percy B. Shelley, aceptaron la apuesta de Byron de crear un nuevo cuento de miedo, siendo ella la única que lo terminaría y alcanzaría la gloria con Frankenstein, el extraordinario relato de un médico racionalista que consigue dar vida a un ente de apariencia humana compuesto por trozos de cadáveres galvanizados mediante descargas eléctricas. El argumento, a partir de su creación, se enredará en la relación atormentada entre el «padre» y el «hijo», entre el creador y la criatura. El espantoso aspecto de ésta condicionará su rechazo social. Será ese desprecio, o temor, de los demás hacia su gigantesca estatura y deforme rostro lo que convertirá a Frankenstein, nacido con un buen corazón, en un demonio de maldad, capaz de hacer el mayor daño a quienes se crucen en su camino.

En su luminoso prólogo, Siri Hustvedt utiliza la fábula de Mary Shelley para advertir sobre los peligros de la aparición de nuevos Frankenstein en la ciencia moderna. La clonación, la capacidad de «verter» la mente en ordenadores que la reproduzcan y desarrollen; la posibilidad de vivir mucho más tiempo o de hacerlo en otro cuerpo no están tan lejos de nuestra realidad ni del precursor ejemplo de Frankenstein. El dolor, la angustia o destrucción que provoquen los nuevos experimentos deberían evaluarse antes de entrar al laboratorio y ponerse a «crear».

Una lectura actual, permanente y eterna...

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