Opinión | El ángulo
Del conflicto generacional al chivo expiatorio
En el debate público se ha instalado una narrativa repetida para explicar una situación de malestar colectivo, se señala a otro grupo social como responsable directo del problema. Esta lógica, tan eficaz como empobrecedora, reaparece hoy con fuerza en el supuesto conflicto entre pensionistas y jóvenes. A unos se les presenta como privilegiados que disfrutan de estabilidad y calidad de vida mientras los otros son víctimas de un sistema que condena a la precariedad. El resultado no es un análisis de las causas reales, sino una confrontación artificial que enfrenta a quienes en realidad comparten una misma vulnerabilidad estructural.
Se contrapone a pensionistas y jóvenes con comparaciones superficiales, las pensiones blindadas frente a salarios bajos, vivienda en propiedad frente a alquileres imposibles, en resumen, estabilidad frente a incertidumbre. Con las dificultades evidentes que afrontan las generaciones jóvenes, reducir el problema a un enfrentamiento intergeneracional supone ignorar la complejidad del modelo económico y social que ha producido estas desigualdades. La pensión media no es el origen de la precariedad juvenil igual que la inseguridad de los jóvenes no amenaza por sí misma la dignidad de los mayores.
Esta forma de explicar los problemas no es nueva, vemos como se agitan las emociones de los trabajadores nacionales contra las personas migrantes, a quienes se acusa de quitar el trabajo o de absorber recursos públicos mediante subvenciones y ayudas sociales. En los dos casos, la estructura del relato es idéntica, se identifica un grupo visible, relativamente cercano y con escaso poder político real, y se le atribuye la responsabilidad de las dinámicas económicas cuando, en verdad, responden a decisiones macroeconómicas y modelos productivos profundamente desiguales.
El señalamiento del otro cumple la función de desplazar el foco del debate. En lugar de analizar la precarización del empleo, la vivienda o la insuficiente redistribución fiscal, se canaliza la frustración social hacia un conflicto horizontal. La tensión se mantiene dentro de la sociedad, mientras las causas estructurales permanecen intactas y, en muchos casos, fuera del debate.
Esta lógica de confrontación no solo es intelectualmente pobre, sino políticamente peligrosa. Fragmenta la cohesión social y debilita la posibilidad de construir alianzas amplias para exigir reformas de fondo. Cuando los jóvenes ven a los pensionistas como adversarios, y no como aliados potenciales en la defensa de un Estado social fuerte, se rompe una cadena de solidaridad intergeneracional esencial para cualquier proyecto democrático.
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