Opinión | Libertad y respeto
Libertad sin fronteras
Trump sabe que no es suficiente, para su encumbramiento, ganar las elecciones en Estados Unidos; necesita anexionar a la mayor parte del mundo a su religión de poder. Esa es su predicación: que su palabra sea el norte al que debamos dirigirnos. Precisa ser adorado como respirar. Exige que se le conceda el Premio Nobel de la Paz, no porque tenga un valor intrínseco para él, sino porque representa un paso más en su trayectoria absolutista.
La prensa y la justicia ya han sido doblegadas y puestas a su disposición, y puedo asegurar que ese comportamiento se contagia en determinados pseudolíderes del mundo. Netanyahu ya ha solicitado al presidente israelí que se le indulte por sus delitos de corrupción; la petición, en sí misma, no es lo más grave, sino la justificación que expone: que se le necesita para alcanzar la paz y el entendimiento entre los ciudadanos israelíes. No tardaremos demasiado en ver cómo Trump se indulta a sí mismo de todos los delitos que aún tiene pendientes ante la justicia.
La democracia, entendida como respeto y libertad para la convivencia, pierde valor frente al individualismo. Somos una especie carente de memoria y volvemos a tropezar, una y otra vez, en la misma piedra; después nos conjuramos prometiendo que no volverá a suceder. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial llegamos incluso a construir el templo que debía garantizar el no retorno a los mismos errores: la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que ha terminado convirtiéndose en la negación de su propio nombre y principios. En 1948 se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y, de los 48 países que votaron a favor, tomemos hoy como ejemplo Afganistán, Argentina, China, Cuba, El Salvador, Haití o Venezuela, entre otros. ¿Respetan lo que aprobaron? La respuesta es un rotundo NO.
Vivimos un tiempo de resituación geopolítica. Estados Unidos percibe amenazado su liderazgo mundial, que —con todos los matices que se quieran introducir— ejercía bajo la bandera de una democracia consolidada que, hasta hace apenas seis años, nadie cuestionaba. Hoy todo eso se ha desmoronado y el camino hacia un populismo de carácter dictatorial se afianza sobre una desigualdad extrema.
No puede quedar al margen de este análisis la Unión Europea. Desde su fundación con el Tratado de París en 1951, avanzó hacia una unión de países cada vez más sólida y comprometida con intereses comunes. Sin embargo, en la actualidad la situación ha cambiado. Comenzó con el Brexit, que supuso la salida del Reino Unido, y continuó con la deriva de algunos Estados miembros poco comprometidos con una democracia real, como Polonia y Hungría, además de la irrupción, en muchos países, de partidos de extrema derecha. Todo ello ha propiciado que hoy estos grupos sean, por número, la tercera fuerza en la Eurocámara, con 84 eurodiputados, bajo la denominación de Patriotas por Europa, defensores de políticas poco integradoras y de la devolución de competencias a sus respectivos países.
Es necesario avanzar justo en la dirección contraria: hacia una verdadera unión política. Este debería ser el objetivo, pues la fórmula de Estados independientes en un mundo globalizado plantea inevitablemente la pregunta de para qué y por qué. Las fronteras son la respuesta de una mediocridad intelectual y solo sirven a los intereses de pequeños pero poderosos grupos; al ciudadano común no le aportan nada. Una Unión Europea concebida como un Estado federal sería la mejor garantía para la representación de los intereses de todos los ciudadanos europeos. No sería mala cuestión empezar con una fiscalidad única para los 27 países miembros, así como con un salario mínimo común. Ambas medidas, sin duda, potenciarían la competitividad empresarial frente al comercio exterior. Además, avanzar hacia un modelo europeo de seguridad y defensa nos otorgaría mayor capacidad como potencia y reduciría los costes actuales derivados de la OTAN. En definitiva, debemos abandonar esos patriotismos de teatrillo que no conducen a ningún lugar.
Lo verdaderamente importante es ser ciudadanos comprometidos con una convivencia basada en el respeto, con una democracia en libertad y con una defensa frente al populismo, que siempre desemboca en dictaduras que esclavizan a las personas. Es imprescindible que las generaciones venideras comprendan que la única forma de ejercer la ciudadanía en libertad es la democracia; que no se dejen seducir por mensajes que conducen a la irresponsabilidad y a la cesión de la capacidad de decisión. No confundamos el debate de ideas con el enfrentamiento político. Ante todo, seamos personas que hagamos uso libre y responsable de nuestro raciocinio.
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