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Opinión | Sala de máquinas

Patti Smith

La vida de la poetisa y rockera Patti Smith daría para varios volúmenes. De hecho, ella misma ha ido escribiendo y contándonos sus experiencias a grandes retazos, o bien mediante episodios concretos, según le rondara la inspiración. Porque se trata, en cualquier caso, de una autora siempre inspirada, y rompedora en todo momento, tanto con la pluma como con una guitarra en las manos.

En Pan de ángeles (Lumen) sus muy recientemente publicadas memorias, Patti Smith nos invita a un detenido recorrido por los principales jalones de su experiencia vital.

Que se remontan, como suelen pautar en sus biografías los grandes creadores, a aquellos recuerdos de su infancia que supuestamente significarían algo sustancial después, marcando de alguna manera los temas o el rumbo de sus carreras. Hija de un ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial, de niña iría cambiando de ciudad según el destino laboral de su padre. Desde muy pequeña se mostró aficionada a escribir, eligiendo la poesía como su vehículo predilecto de expresión artística. Era una adolescente solitaria, pero en aquel Nueva York de finales de los sesenta socializaría con quienes iban a ser sus compañeros de viaje. En especial, Robert Mappelthorpe, que ya comenzaba a hacer sus pinitos con la fotografía, y con quien Patti mantuvo un largo y fértil romance, muy productivo en cuanto que estimuló sus respectivas potencias, lanzándoles al abismo de la creación de elementos visuales, sonoros y acústicos no empleados hasta la fecha, o así al menos se lo proponían ellos... Era la época de La Factoría de Warhol, Rolling, Lou Reed, David Bowie, Ramones, y de los poetas herederos de Kerouac, Burroughs y Ginsberg. En ese clima de vanguardia extrema, las facultades de Patti se dispararon y pronto utilizó las seis cuerdas para acompañar musicalmente sus poemas, poniéndose a cantar y a actuar con sus primeras bandas de rock. Y viviendo, tanto encima como debajo del escenario, con un entusiasmo, una energía y, ¿por qué no decirlo?, con una suerte de «inocencia» que la situaba más allá del bien y del mal, a salvo del conformismo y de la mediocridad.

Unas memorias muy actuales, estimulantes e, insistiría, «inocentes» (en la medida en que la búsqueda de lo asombroso siempre lo es). Historia de la contracultura. Esto es, historia.

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