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Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

El legado del belén en Aragón

La plaza del Pilar de Zaragoza alberga cada Navidad el belén más grande de España con figuras a tamaño real. Más de mil metros cuadrados, un centenar de figuras, el Palacio de Herodes, el Zoco de Mercaderes, efectos de luz y sonido. Un espectáculo que atrae a cientos de miles de visitantes y que ha convertido el epicentro de la ciudad en un parque temático navideño. Esta monumentalidad contrasta radicalmente con los orígenes humildes de una tradición que comenzó en clausuras de monasterios con pequeñas tallas de barro.

La tradición del belén llegó a España a través de los territorios de la Corona de Aragón. Los franciscanos y las clarisas extendieron esta devoción napolitana, a través del puerto de Valencia, aprovechando el intenso tráfico comercial y cultural con Nápoles y Sicilia. Durante la Edad Media, aquellas representaciones existían únicamente en iglesias y conventos, pero en el siglo XVII comenzaron a trascender a los hogares nobles. Figuras de barro cocido policromado que las familias pudientes exhibían como símbolo de estatus y devoción.

En Aragón, los ejemplos más significativos se encontraban en las clausuras de monjas, donde se elaboraban pequeños belenes monumentales que se guardaban de un año para otro. Eran expresiones íntimas de fe, realizadas con materiales humildes, pero con un trabajo artesanal de altísima calidad. Aquellas figuras representaban no solo el misterio del nacimiento, sino también una forma de devoción que mezclaba lo religioso con lo artesano.

El siglo XVIII marcó la edad de oro del belenismo en España gracias a la influencia de Carlos III. Entusiasmado con los belenes napolitanos durante sus veinticinco años como rey de Nápoles, trasladó esta pasión a España cuando fue coronado en 1759. Su esposa, María Amalia de Sajonia, introdujo la costumbre navideña del belén napolitano, trayendo consigo las figuras que tenían en Nápoles. En 1776 encargó a los Talleres Reales la fabricación del Belén del Príncipe para su hijo, el futuro Carlos IV, una obra que llegó a tener cerca de seis mil piezas.

La nobleza española, imitando los gustos del monarca, convirtió el belén en una moda aristocrática, pero fue el siglo XIX el que transformó radicalmente esta tradición elitista en una costumbre popular. En plena época romántica, el montaje del belén se extendió a los hogares de burgueses y labradores acomodados. Pequeñas figuras de barro de gran ingenuidad sustituyeron las elaboradas esculturas aristocráticas, y los belenes se convirtieron en pequeños oratorios festivos en torno a los cuales se reunían las familias.

En Aragón se desarrolló una rica tradición de figuras artesanas de barro fabricadas en talleres locales. Pastores, Reyes Magos, el buey y la mula se creaban con ese estilo regionalista que reproducía la vida de los habitantes de la tierra. Campesinos aragoneses con sus trajes tradicionales, oficios locales, escenas costumbristas que dotaban al belén aragonés de una personalidad propia e inconfundible.

Esta tradición artesana ha desaparecido casi por completo en las últimas décadas, sustituida por belenes genéricos e importados. El belén de la plaza del Pilar, con más de mil metros cuadrados y casi cien figuras a tamaño real, representa una evolución completamente diferente de aquella tradición artesanal. Se trata de una recreación escenográfica que incluye juegos de luces y agua, vegetación natural y efectos de sonido. Funciona como atracción navideña y reclamo turístico, un modelo completamente distinto al belén doméstico tradicional, que por definición era una representación íntima montada en el hogar familiar.

Algunos espacios intentan mantener viva la memoria de aquella tradición más íntima. El belén de Alagón reproduce oficios tradicionales y edificios singulares del municipio, incluyendo construcciones ya desaparecidas como el palacio del marqués de Montemuzo. La Casa de Amparo de Zaragoza conserva un belén con más de 150 años de historia, mientras que el Museo del Fuego alberga belenes montados por la Asociación de Amigos del Belén de Zaragoza. El belén napolitano de Gea de Albarracín intenta recuperar tradiciones belenísticas con figuras del siglo XVIII donadas por las monjas capuchinas que habitaron el monasterio del pueblo.

Sin embargo, estas iniciativas representan una minoría frente al predominio del modelo espectacular. El belén casero ha cedido terreno ante las instalaciones monumentales. La transformación no es solo de tamaño: el belén ha pasado de ser una práctica devocional doméstica a convertirse en un evento público, de una tradición familiar transmitida en la intimidad del hogar a un espectáculo urbano diseñado para el consumo masivo. La evolución del belén en Aragón refleja, en definitiva, cambios más amplios en cómo se entiende y se celebra la Navidad, pasando de lo artesanal a lo industrial, de lo íntimo a lo espectacular, de lo único a lo reproducible.

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