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Opinión | FIRMA INVITADA

Somalilandia

Como en Syldavia (país ficticio creado por Hergé para las aventuras de Tintín y popularizado, en 1984, por La Unión en una de sus canciones), el tiempo pasa tan despacio en la República de Somalilandia –estratégicamente situado en el Cuerno de África, sobre el Golfo de Adén– que han debido transcurrir 34 años (desde 1991 en que se autoproclamó independiente de Somalia) para que un país, miembro de la ONU, haya reconocido su status como Estado independiente.

Fue el pasado 26 de diciembre (que se corresponde con el mes de Tevet del año 5786 del calendario Judío), cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, firmó en Jerusalén, a propuesta de su homólogo somalilandés (neologismo gentilicio del nuevo país), Mohamed Abdullahi, la declaración oficial de este histórico reconocimiento, por el que se establecen relaciones diplomáticas, al más alto nivel, entre ambos países y un montón de quebraderos de cabeza para los países árabes y, sobre todo, para el –no árabe, pero sí musulmán chiita– Irán de los ayatolás.

Somalilandia, un país árabe y musulmán sunita, con capital en Hargeisa, ya ha anunciado su propósito de unirse en breve a los Acuerdos de Abraham (que impulsados por Trump en 2020 pretenden establecer relaciones diplomáticas entre los países de la Liga Árabe e Israel) y a los que, hasta ahora, solo se han adherido los Emiratos Árabes, Baréin, Sudán y Marruecos. País éste último, fundamental, puesto que el acuerdo con Marruecos fue seguido por el reconocimiento de Israel de la soberanía de Rabat sobre el Sahara occidental. Un camino iniciado por Trump, al final de su primer mandato, en diciembre de 2020 y seguido por el presidente Sánchez en 2022, al afirmar que España considera la propuesta de autonomía de Marruecos respecto al Sahara Occidental como «la base más seria, creíble y realista para la resolución de esta disputa», que se remonta a 1975, cuando el Sahara Occidental dejó de ser territorio español.

Tras el reconocimiento, por parte de Israel, de Somalilandia (que territorialmente limita con Somalia, Yibuti y Etiopía, país en la órbita de Rusia), la Unión Africana y el presidente somalí, Sheikh Mohamud, se apresuraron a declarar ante la ONU que este hecho supone un ataque deliberado contra la soberanía del país africano, además de un grave riesgo para la estabilidad de la región y la paz mundial.

Somalilandia cuenta con su propio dinero, pasaportes y ejército y se autoproclamó independiente de Somalia (considerado un Estado fallido) el 18 de mayo de 1991, tras el derrocamiento del dictador marxista Siad Barre, quien había gobernado la nación durante 22 años. Lo que siguió fue una lucha entre señores de la guerra y clanes, por el control del país. La crisis humanitaria consiguiente llevó a la intervención de los Estados Unidos, la cual constituyó un estrepitoso fracaso, patentizado en la película de Ridley Scott Black Hawk Down (2001), que narra la batalla de Mogadiscio, acaecida entre los días 3 y 4 de octubre de 1993, en la que se enfrentaron tropas estadounidenses y milicianos afines al señor de la guerra Mohamed Aidid. Aquel conflicto armado, en el que murieron 19 soldados norteamericanos y más de 400 milicianos somalíes, provocó la retirada definitiva del ejército por parte del presidente Clinton.

Ya en 2008, habiéndose constatado la presencia en Somalia de grupos terroristas como Al Qaeda, Al Shabaab y el ISIS y en el contexto de un alarmante número de casos de piratería provenientes de las costas somalíes contra barcos pesqueros y mercantes, la Unión Europea decidió poner en marcha la Operación Atalanta, aún activa, consistente en el despliegue de una fuerza naval destinada a garantizar la seguridad marítima en el Océano Índico –combatiendo la piratería frente a las costas de Somalia– y a salvaguardar los buques del Programa Mundial de Alimentos de la ONU.

Por lo demás, el Golfo de Adén, crucial para la navegación mundial, es una olla a presión, con la nación de Yemen (frente a las costas de Somalia), inmersa en una cruenta y larga guerra civil, en la que los hutíes (apoyados por Irán) de Abdulmalik al Huti, que controlan la parte occidental de la nación, ya han anunciado que atacarán cualquier presencia israelí en Somalilandia. De hecho, durante los casi dos años de la guerra que Israel ha librado contra Hamas en Gaza, los hutíes, en solidaridad con el grupo terrorista palestino, atacaron regularmente con misiles al país hebreo, que respondió con contundentes ataques aéreos contra el aeropuerto de su capital, Saná, e infraestructuras militares de los rebeldes yemenís. Y es que los hutíes saben, al igual que Irán –que también fue bombardeado por Israel durante la guerra– que, en caso de poseer una base militar en Somalilandia, los aviones de las Fuerzas de Defensa israelíes deberán volar muchos menos kilómetros que ahora para efectuar sus letales raids aéreos.

En el contexto internacional, la Unión Europea, que preside Úrsula von der Leyen, se ha manifestado en contra del reconocimiento de Israel a Somalilandia como país independiente, expresando la importancia de respetar la unidad, la soberanía y la integridad territorial de la República Federal de Somalia conforme a su Constitución, las Cartas de la Unión Africana y las Naciones Unidas. Y a favor, se encuentra Taiwán, país que –quizás por su precario status quo de independencia respecto a las aspiraciones de China– ha declarado, por boca de su presidente, Lai Ching-te, que Taipéi, capital de Taiwán, Jerusalén, capital de Israel y Hargeisa, capital de Somalilandia, son socios democráticos afines que comparten los valores de democracia, libertad y Estado de derecho.

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