Opinión | Sala de máquinas
Anarquistas yanquis
De un autor tan hermético y secreto como Thomas Pynchon no debe de resultar nada fácil extraer algo parecido a una película, pero Paul Thomas Anderson lo ha conseguido con Una batalla tras otra. Protagonizada, entre un largo elenco de actores y actrices muy conocidos, por Leonardo di Caprio y Sean Penn.
La historia nos invita a remontarnos a los años sesenta. En su primera parte, el argumento está protagonizado por una célula de activistas norteamericanos, todos jóvenes y reclutados para la causa anarquista bajo la inspiración del «mayo del 68». Haciendo referencia a ese origen, se denominarán, como grupo, Francés 75. Su objetivo, acabar con la policía, con los bancos, con la burguesía, con el capitalismo, con todo aquello y aquel que no crea en la inocencia, en la generosidad del ser humano para ir renunciando a sus egoísmos y aportar ilusión al renacimiento de una nueva era basada en la igualdad, en la solidaridad y en el derecho a la felicidad.
Pero todas esas legítimas esperanzas traspasarán en negativo la raya de la ley cuando una de las activistas dispare su pistola contra un guarda de seguridad y lo asesine. A partir de ahí, los tipos más duros del FBI y de las unidades militares encargadas de custodiar la frontera con México (ese es el ámbito territorial de la cinta) se consagrarán a perseguir a esa chica de raza negra, tan provocativa como capaz de pasar a la acción. Sus compañeros de Francés 75 serán capturados o bien lograrán camuflarse entre los miles de emigrantes ilegales acampados en las poblaciones fronterizas. Por todos esos pueblos y campos de caravanas los buscará un fanático militar, miembro, a su vez, de un grupo de ultraderecha compuesto exclusivamente por norteamericanos blancos, defensores del statu quo y muy poderosos. Obsesionado con acabar con ellos, este personaje ofrecerá a los espectadores una sucesión de iniciativas tan hiperrealistas y paródicas que nos acercarán al cine de Tarantino o de los hermanos Cohen.
Violencia, humor y crítica lograrán un difícil equilibrio, terminando esta aventura cinematográfica con la misma sensación que se cierran los libros de Pynchon: la de algo que podría ser algo nuevo.
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