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Opinión | El artículo del día

Aragón: de la decepción a las urnas

El plural y diverso universo político que habita a la izquierda del PSOE ha sido incapaz de llegar a acuerdos y configurar candidaturas unitarias para concurrir juntos en las inminentes elecciones autonómicas de Aragón. Este acuerdo era demandado por amplias capas del electorado progresista que veía en él una buena oportunidad para contribuir a un resultado electoral que permitiera no solo taponar la influencia de la extrema derecha sino, además, activar políticas económicas y sociales que ampliaran derechos y bienestar para la mayoría de la población, especialmente para la parte más desfavorecida.

No ha podido ser. Seguramente los cálculos y apuestas de algunas organizaciones, han hecho que se prioricen más los interés de parte que los colectivos. Nada nuevo, casi nada de lo que sorprenderse y, si me apuran, podría hasta llegar a ser comprensible, a poco que se conozcan las lógicas del funcionamiento de cualquier tipo de organización, mucho más si están en juego los necesarios recursos económicos y humanos que toda actividad requiere, sumados a expectativas orgánicas, egos y ambiciones personales, que tan a menudo tienden a convertir a las organizaciones más en un fin en sí mismas que en herramientas de transformación social.

Pero ojo, entender los mecanismos y dinámicas de las organizaciones, explicar las razones de algunos comportamientos y decisiones, no supone en absoluto justificarles o dejar de exigir comportamientos éticos, acordes con los valores que deben sustentar a las izquierdas. Mucho menos en situaciones de emergencia en las que están en serio riesgo factores básicos de bienestar social y convivencia democrática.

Del proceso de conversaciones de estos días pasados, al menos en lo que ha trascendido a la opinión pública, me gustaría subrayar tres cuestiones.

Una es la infravaloración de algunos sobre la capacidad de discernimiento de los mortales de a pie. Eso que, más en castizo, se podría expresar diciendo que nos tratan como a gilipollas. Muchos de los argumentos esgrimidos para intentar justificar el hecho de no sumarse a un acuerdo, suenan a cuentos y fantasías enternecedoramente infantiloides, tras las que camuflar otras razones, más difíciles de explicar, seguramente porque son más difíciles de entender. En otros casos, en su afán de echarle el muerto del fracaso a los demás, los relatos que se pretenden imponer son tan rebuscados, retorcidos e incoherentes que producirían hilaridad de no ser por la gravedad del momento.

La segunda cuestión es que sería injusto adjudicar a todos los actores políticos el mismo grado de responsabilidad en el fracaso. Recomiendo un sencillo ejercicio de repaso de las actitudes, propuestas, vetos y argumentos publicados, para que cada cual saque sus propias conclusiones. Bajo mi punto de vista, Izquierda Unida y Movimiento Sumar, han actuado con más transparencia y amplitud de miras que el resto.

Y la tercera es que los riesgos de involución democrática siguen allí, pero ahora con más dificultades para combatirlos en las urnas. Es por eso que el cabreo y el duelo generado por la falta entendimiento, debe dar paso rápidamente a una actitud militante, y entiendo que difícil, para sacar a nuestras gentes de la tentación de la abstención, de una mayor desafección y de mandar todo a hacer puñetas. Es más necesario que nunca poner las propuestas políticas encima de la mesa, explicar la importancia del momento, y tratar de motivar, ahora ya sin remedio, cada cual desde su trinchera, a tantas gentes decepcionadas. No queda otra que intentar optimizar las posibilidades de cada una de las opciones de izquierda en los nichos electorales que les sean más propicios. Desde las bases del PSOE, pasando por las de CHA, de Podemos, desde las de la Coalición Izquierda Unida-Movimiento Sumar, desde la mayoría sin adscripción partidaria, es preciso trabajar ya para conseguir votos y apoyo de esas personas que se plantean navegar en el desencanto hasta llegar a puerto de la abstención. O de otras muchas que a lomos del «todos son iguales» se plantean en su cabreo votar a «los iguales» de las derechas, aunque sea solo por molestar al «poder».

No son momentos para lloreras y depresiones. Ni para perder más el tiempo en disputas cainitas. Todos los demócratas y progresistas podemos hacer algo: hagámoslo.

Algunos dirán que esto es puro buenismo. Tal vez tengan algo de razón. Aunque yo diría que es pura necesidad democrática. n

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