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Opinión | EDITORIAL

Año de retos europeos

La Unión Europea afronta 2026 en un entorno zarandeado por la quiebra reiterada del derecho internacional y las tensiones internas, que dificultan el cumplimiento de los principios de unidad, urgencia y ambición invocados en la declaración aprobada en diciembre. A las incógnitas sobre cuál puede ser el desenlace de la guerra de Ucrania y cómo será efectivo el segundo tramo de la tregua en Gaza, tantas veces vulnerada por Israel, se sumó el último sábado el ataque a Venezuela, la captura de Nicolás Maduro y su esposa y el establecimiento de un régimen de tutela efectiva de Estados Unidos, con Delcy Rodríguez desempeñando el papel de presidenta encargada. Una declaración de principios de Donald Trump en orden a fijar nuevas reglas del juego en la presión constante sobre gobiernos que le incomodan -Cuba, Colombia, México y Nicaragua- y, de paso, poner de nuevo en el disparadero a Groenlandia, territorio soberano de Dinamarca, un socio de la Unión Europea.

La autonomía estratégica, tantas veces invocada, y la urgencia de garantizar la seguridad colectiva de Europa se ha convertido así en una necesidad acuciante. Dicho en otras palabras: la voladura del orden internacional activada por Trump hace más imprescindible que nunca una respuesta europea sin disidencias -Hungría, el caso más palmario- que contrarreste la ley del más fuerte y la política de hechos consumados que practica la Casa Blanca. Un requisito extensivo a la articulación de una economía comunitaria más fuerte y competitiva, con la diversificación de suministros en el sector energético y la capacidad suficiente para no verse obligada a claudicar ante el proteccionismo arancelario de Estados Unidos, que pende como una amenaza permanente sobre el comercio internacional.

En el ánimo de los dirigentes europeos debe prevalecer la certidumbre de que, más allá de los llamamientos protocolarios a respetar el derecho internacional, tal marco de referencia sufre un proceso de erosión sin freno. La resurrección, de la mano de Trump, de las áreas de influencia, que desde lógicas diferentes no desagrada ni a Rusia ni a China, requiere desde Europa una respuesta o contrapeso que permita hablar con voz propia en los grandes escenarios en crisis. Carecer de la fortaleza suficiente para disponer de esa herramienta equivale a quedar sin capacidad de respuesta frente a quienes no cejan en su propósito de enterrar el multilateralismo.

Esa misma fortaleza y efectividad deben surtir efecto para neutralizar las proclamas de las fuerzas extremistas, que aplauden el comportamiento de Donald Trump y Vladímir Putin y tienen como objetivo minar la Europa política, reforzando el papel de los estados en detrimento de las instituciones comunitarias. Ámbitos tan caracterizados como el coste de la vivienda, la protección de las pequeñas y medianas empresas y la tensión social en las grandes concentraciones urbanas, con la crisis migratoria como eje dominante en muchos programas políticos, constituyen retos ineludibles para el desempeño europeo en un mundo convulso, con fórmulas propias y defendibles en las que queden a salvo el Estado de bienestar y los derechos humanos. Dos fundamentos del modelo europeo que requieren unidad de acción para que no resulten dañados por las proclamas de Trump y sus seguidores.

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