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Opinión | EL AULA DEL REVÉS

Voy cruzando el río: más privado, menos público

Voy cruzando el río. Aquella canción de Tam Tam Go suena hoy sorprendentemente pedagógica. Basta con seguir el rastro de las últimas decisiones en política educativa en Aragón para comprobar que, efectivamente, estamos cruzando el río... pero sin saber muy bien a qué orilla queremos llegar. O peor: cruzándolo y descruzándolo según sopla el viento político, presupuestario o ideológico. En los últimos meses se ha instalado con fuerza un mensaje claro: lo público debe ser lo primero. La educación pública como columna vertebral del sistema, como garantía de equidad, como dique frente a la desigualdad. Hasta aquí, nada que objetar. Es una premisa compartida, al menos en el plano discursivo, por casi todo el arco parlamentario. El problema aparece cuando bajamos del eslogan a la letra pequeña. Porque entonces el río empieza a moverse.

El ejemplo más evidente es la educación de 0 a 3 años. Se anuncia como pública, universal, estratégica. Se subraya –con razón– su impacto en el desarrollo cognitivo, emocional y social, y su papel clave en la conciliación familiar. Pero acto seguido aparece el matiz: pública, sí... aunque quizá concertada. O gestionada por entidades privadas. O externalizada mediante convenios. El resultado es una fórmula híbrida que nadie termina de definir con claridad, pero que permite a todos declararse vencedores del debate. Mientras tanto, las familias siguen preguntándose quién gestiona, quién paga, quién decide y, sobre todo, qué modelo educativo se está ofreciendo realmente.

Algo parecido ocurre con los bachilleratos de excelencia, los programas internacionales y las ofertas educativas «singulares». Aquí el discurso se vuelve aún más elástico. Se defiende la igualdad de oportunidades, pero se consolida un sistema en el que determinadas titulaciones de alto valor simbólico -como el Bachillerato Internacional- quedan mayoritariamente en manos de centros privados. No por casualidad, sino por costes, requisitos y una planificación pública que llega tarde o directamente no llega. El mensaje implícito es incómodo: la excelencia se predica como valor público, pero se consume en clave privada.

Los datos publicados en los medios en los últimos años apuntan a una tendencia clara: descenso de matrículas en algunos centros públicos, mantenimiento o crecimiento de la concertada en determinadas etapas, y una oferta diferencial que acaba segmentando al alumnado más por origen socioeconómico que por intereses o capacidades. No es un fenómeno exclusivo de Aragón, pero aquí se vive con especial intensidad por el peso del medio rural, la despoblación y la fragilidad de algunos centros públicos pequeños que necesitan algo más que buenas intenciones para sobrevivir. La paradoja es evidente. Se proclama que lo público es lo primero, pero se toman decisiones que refuerzan lo privado como solución práctica. Se defiende la planificación, pero se reacciona tarde. Se habla de cohesión, pero se permite la dispersión. Y todo ello envuelto en una retórica que suena bien, pero que no siempre se sostiene cuando se contrasta con la realidad del aula, del centro y de las familias.

Entre medias, el profesorado asiste a este vaivén con una mezcla de cansancio y escepticismo. Cambian los marcos, los discursos y las prioridades, pero rara vez se entra al fondo del asunto: qué sistema educativo necesita Aragón a diez o quince años vista, cómo se equilibra lo público y lo privado sin caer en dogmas, y qué entendemos realmente por calidad, equidad y excelencia. Quizá el problema no sea cruzar el río. Los sistemas educativos, como las sociedades, necesitan moverse, adaptarse, revisar sus certezas. El problema es cruzarlo sin mapa, sin puente y sin ponerse de acuerdo sobre a qué orilla queremos llegar. Porque entonces no estamos avanzando: estamos dando vueltas en el agua, gastando energías y dejando que la corriente decida por nosotros.

Y mientras tanto, la canción sigue sonando. Vamos cruzando el río. Una y otra vez. Pero cada vez cuesta más distinguir si avanzamos hacia un sistema educativo más justo… o simplemente hacia uno más confuso.

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