Opinión
Ocho para el ocho: pactos y fragmentación en Aragón
Las elecciones autonómicas aragonesas vuelven a situarse en ese terreno intermedio que tan bien define a la comunidad, lejos de los grandes focos nacionales, hasta hoy, pero importante como laboratorio político. La publicación ayer de las candidaturas confirma un escenario ya conocido, con ocho fuerzas con opciones de representación y una certeza compartida por todos los actores, nadie gobernará en solitario.
La experiencia de los últimos quince años resulta ilustrativa. Aragón ha pasado de un bipartidismo apoyado en el regionalismo clásico a un modelo fragmentado y estable en su inestabilidad. Desde 2011 no ha habido mayorías absolutas y todos los ejecutivos han necesitado acuerdos, a veces complejos, entre partidos de distinto signo. Esa trayectoria ha consolidado una cultura política donde la negociación no es una anomalía, sino una condición imprescindible para poder gobernar.
En esta convocatoria, PP y PSOE continúan siendo los ejes vertebradores del sistema, aunque ambos con techos electorales más bajos que en el pasado. Vox aspira a reforzar su papel como socio imprescindible del bloque de derechas, mientras que el espacio regionalista mantiene unas expectativas superiores a las que le correspondería por población, especialmente en Teruel. En el otro extremo, la izquierda no socialista llega nuevamente dividida entre Podemos, Izquierda Unida y Chunta Aragonesista, una fragmentación que ya ha demostrado en anteriores citas su alto coste en términos de representación efectiva.
Ese fenómeno tiene ahora su reflejo también en la derecha. La aparición de una candidatura como Se Acabó la Fiesta, a priori sin opciones de obtener escaño, aunque sin olvidar que en las europeas del 2024 obtuvo en Aragón el 5,09% votos, introduce un factor de dispersión que puede resultar relevante en circunscripciones ajustadas. La simetría es evidente tanto a izquierda como a derecha, la división penaliza más que la falta de apoyos globales.
Históricamente, el votante aragonés ha mostrado una mayor atención a la gestión y a la viabilidad de los pactos que al alineamiento estrictamente ideológico, lo que explica que los resultados autonómicos no siempre reproduzcan el clima estatal. Desde el punto de vista técnico, el umbral del 3% por provincia vuelve a ser una clave silenciosa pero determinante. En un territorio con tres circunscripciones muy desiguales, superar o no ese límite marca la diferencia entre ser decisivo o quedar fuera del hemiciclo. De ahí que la concentración del voto y las llamadas al voto útil reaparecerán con fuerza en la recta final de campaña.
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