Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

El X Conde de Aranda: su biografía vital

Verdaderamente el 8 de enero de 1742 a Pedro Pablo Abarca de Bolea, un joven coronel de 22 años, absorto en una campaña militar en Italia y ya casado, le cambiará la vida. Es el día de la muerte de su padre Pedro de Alcántara Abarca de Bolea (IX conde de Aranda). Este aragonés, servidor de cuatro reyes: Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, llegó a ser presidente del Consejo de Castilla desde marzo de 1766 hasta julio de 1773 con Carlos III, y en su época final presidente interino de la Secretaría de Estado y decano del Consejo de Estado con Carlos IV allá por 1792. Toca, ahora, adentrarnos en la figura de este prohombre de la Historia de España.

El 1 de agosto de 1719 nació, y también fue bautizado con la pompa de 26 nombres a la vez, Pedro Pablo Abarca de Bolea en el desaparecido castillo de Siétamo (Huesca). Algunos años antes, en la primavera de 1715 se habían casado sus padres Pedro de Alcántara -marqués de Torres- y la barcelonesa Josefa Pons de Mendoza -hija de los condes de Robres y marqueses de Vilanant en Cataluña- en la también iglesia oscense de Sangarrén. Segundo de cuatro hermanos paternos (Ignacio Javier, el propio Pedro Pablo, María Engracia y Francisca Javiera), más un quinto por un desliz materno (Gregorio Iriarte y Estañan nacido en la navarra Corella).

El vínculo de la Casa de Aranda con el ducado de Híjar quedaría pactado por unas capitulaciones matrimoniales que convenían la boda de Pedro Pablo y Ana Pilar Fernández de Híjar, lo que acontecería por poderes (al estar el novio en campaña bélica en Italia) el 19 de marzo de 1739 en Mascaraque (Toledo). Quedando viudo el 24 de diciembre de 1783. Tres fueron los hijos de los condes de Aranda, y todos acompañados de una fatalidad existencial que desesperaría en vida al conde: Ignacia María del Pilar en 1742, casada con el marqués de Mora en 1760, que moriría al dar a luz a su único hijo Luis Gonzaga en 1764; único nieto de Aranda, a su vez, que expiraría a los tres años por culpa de unas viruelas. Los otros dos hijos, María Ventura y Luis Augusto, fenecerían párvulos en 1750 y 1751, respectivamente, y un magnífico sepulcro con talla del siglo XV en la iglesia de Santa María la Mayor en Épila (Zaragoza), su cabeza señorial aragonesa, los tiene acogidos. Por sumo dolor acumulado y evitar la soledad, el 14 de abril de 1784 decide volver a casarse con su sobrina-nieta María Pilar Fernández de Híjar (ya de casada adoptaría los apellidos de Silva y Palafox) de 17 años (él iba para los 65), en un intento de dejar heredero del legado de los Aranda. Hecho que no acontecería por lo que la Casa de Aranda entró a formar parte de la de Híjar.

En el aspecto profesional, el conde de Aranda presenta una dualidad que no se nos escapa: la decimos. La carrera militar es la vocación por antonomasia del Abarca de Bolea. Pues bien, a una fulgurante carrera de ascensos: coronel con 21 años, mariscal con 27, teniente general con 36 y capitán general con 44, hay que añadir una frustración por no recibir de sus monarcas (sobre todo de Carlos III y Carlos IV) protagonismos bélicos, a excepción de la guerra contra Portugal en 1762. A cambio, se le aprovecharía para menesteres políticos y diplomáticos que él, con gran patriotismo, llevaría con total dignidad (embajador en Portugal -año 1755-, en Polonia -año 1760- y en Francia durante 14 años -de 1773 a 1787-), y también será requerido para la ejecución material que no siempre ideológica, de algunos acontecimientos que pusieron en jaque a la monarquía como el aplastamiento del motín de Esquilache en 1766, cuya culpa recayó inmisericorde en los jesuitas por lo que estos fueron expulsados en 1767.

A su vuelta de Francia y ya como decano del Consejo, se toparía con la enemistad de Manuel Godoy, favorito de la reina María Luisa, que no le perdonaba su pacifismo o, mejor dicho, su neutralidad armada con la Francia posrevolucionaria. Así, en noviembre de 1792, fue despojado de todos sus cargos en la corte de Madrid. Para, ya en marzo de 1794, salir desterrado hacia tierras andaluzas. Jaén, Granada, Alhama (Granada) y Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) fueron sus diferentes estancias, siempre sin dejar de estar vigilado y siempre camuflando la huella escrita de su periplo marginal, las memorias de lo vivido. Finalmente, a finales de 1795 se le permitió volver a Aragón, a su villa de Épila. Hasta que el 9 de enero de 1798 a las 4 de la tarde, y de una pulmonía, le sorprendió la muerte en su palacio epilense. Cinco días más tarde sería enterrado en el monasterio de San Juan de la Peña (Huesca) junto a sus ancestros Abarcas. Tenía 78 años.

Tracking Pixel Contents