Opinión | el comentario
Joan Cañete Bayle
Estados Unidos,sin máscara
El multilateralismo, la forma de organizar el sistema internacional después de la Segunda Guerra Mundial que Donald Trump está destruyendo con el beneplácito de Rusia y China, puede contarse de diferentes formas. Puede decirse de este modelo que, a base de reglas compartidas estables, articuladas a través de organizaciones internacionales (la ONU, la OMC, la OMS, la Unesco, así como la OTAN, los acuerdos climáticos, etcétera), se promovió un orden mundial liberal liderado por EEUU como superpotencia (única tras el desmembramiento de la Unión Soviética). Bajo este modelo, los conflictos primero se dirimieron en países terceros (la Guerra Fría) y, después, se gestionaron colectivamente (las guerras de Afganistán e Irak, por ejemplo). Desde el punto de vista de los países más poderosos (los cinco permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, los miembros de la OTAN), es un sistema que ha evitado guerras en su propio territorio, ha traído prosperidad y ha universalizado la democracia, los derechos humanos y la globalización.
El sistema multilateral basado en una gobernanza mundial puede contarse de otra forma. Desde el Sur global, se narra como el patio trasero de procesos de descolonización en los que las potencias occidentales encontraron la forma de seguir explotando recursos ajenos, a menudo bajo la máscara de grandes principios (de nuevo, la guerra de Irak como ejemplo). Bajo el paraguas del mundo multilateral y el mal entendido fin de la historia de Fukuyama, ya con Estados Unidos como única superpotencia hegemónica, llegó la globalización y con ella fenómenos contradictorios y complementarios, como las migraciones masivas al primer mundo y la fuga de industrias al tercer mundo.
Al patio trasero del multilateralismo le suena a chiste malo que una parte de la población estadounidense se considere víctima de la globalización que impulsó y que tanto benefició a Estados Unidos (al menos, a sus multinacionales). Pero ese es el sentimiento –también en Europa–, y la convicción de estar pagando la factura de juergas ajenas explica en parte el fenómeno Trump y el auge de la extrema derecha. De ahí que la forma en que Trump busca congraciarse con su electorado sea demoliendo el sistema multilateral. Su alternativa es un modelo multipolar, basado en varios centros de poder (EEUU, China, Rusia, la UE, India…) con sus zonas de influencia innegociables (el corolario de la doctrina Monroe aplicado a Venezuela), donde priman los intereses nacionales y las relaciones bilaterales, competitivas y transaccionales, en las que prevalece la fuerza en la postura negociadora. Ejemplo: ante la amenaza de una guerra por Groenlandia, negociar un precio para que EEUU compre la isla parece razonable.
En realidad, hace tiempo que el mundo se encuentra en una fase transitoria entre el modelo multilateral y el multipolar. La guerra de Irak, de nuevo, puede explicarse como un intento –fallido y contraproducente– de EEUU de extender su zona de influencia a una parte de Oriente Próximo que le era díscola. Trump es un catalizador que acelera fenómenos. Pero, sobre todo (y eso es una novedad), defiende los intereses de EEUU sin máscaras, sin excusas ni retóricas. No habla de exportar la democracia ni los derechos humanos (el «Gran Oriente Medio democrático» de los neocon), no busca resoluciones de la ONU como escudos, no agasaja a socios que considera lastres ni pretende fotografías de grandes consensos.
Sin máscara, a pelo, el Estados Unidos de Trump no tiene remilgos en admitir que le trae al pairo la democracia en el resto del mundo, las relaciones de amistad, quién tiene razón o qué es justo o injusto. A Venezuela se va a por petróleo; la UE no es un socio preferente, ni aliado; y si yo quiero que respeten mi patio trasero, no voy a pisar el del vecino (léase Rusia y su zona de influencia en el este de Europa, Ucrania incluida).
¿Por qué? ¿Es más sincero Trump que sus predecesores, tan proisraelíes (o más) que él, por poner un ejemplo? No. Lo que Trump intuye es que la democracia, los derechos humanos, las normas, las leyes o la gobernanza mundial no forman parte del Zeitgeist del momento. El espíritu de los tiempos es el de los hombres fuertes, el autoritarismo y la democracia iliberal. Eso es lo que le dará apoyo popular y, al final, votos. Por este motivo, el viento venezolano llega hasta el colegio electoral de nuestro barrio: marca por dónde sopla el viento.
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