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Opinión | FUERA DE CAMPO

Metrópolide distopía redux

2026 adquiere dimensiones socioculturales, de Inteligencia Artificial y distopía sumas, gracias a 'Metrópolis' (1927), la cinta de Fritz Lang desde el libreto de su segunda mujer Thea von Harbou–para Anna Maria Sigmund, «la reina de los guiones de Hitler», y para Javier Memba, «la guionista de la República de Weimar»–, que escenificó una ciudad-estado en jaque para los tiempos presentes de nuestro calendario. Sí, ya entonces, la ciudad expresionista y art déco por antonomasia se atrevía a representar un 2026 con una arquitectura humana y de materiales lejos de mundos y urbes como las de Jacques Tati o Nanni Moretti (ironía). Metrópolis o el eclecticismo del art déco, monumentalidad y glamur que también Hollywood supo homenajear en otras décadas con 'Blade Runner' (1982) de Ridley Scott, fiel al futurismo y a la liberación del color del fauvismo, pero lejos del cubismo o la Bauhaus; y con 'Poor things' (2023) de Yorgos Lanthimos, baile de desigualdades, renacimientos y tensiones por la conquista del poder. Inhumano, y demasiado humano cara penurias.

En el día de su estreno en sociedad, el flyer de Metrópolis compartía con el público asistente el reto de saber "describir una ciudad de dentro de unos cien años, con todos sus logros modernos". Así rezaba la promoción de "una idea muy tentadora e interesante, pues a todo el mundo le gusta echar un vistazo al futuro, y casi todo el mundo tiene alguna idea de los desarrollos técnicos de algún tipo, según su imaginación. Por lo tanto, el hábil guionista tenía que atender a dos cosas importantes, tan necesarias para la película como para la novela: la sensación y el amor". Una obra visionaria, pues, en los confines del sentimiento. No es extraño que hasta Luis Buñuel le pidiera a Fritz Lang una foto de los días de Metrópolis que fuera firmada por el alemán.

En esto de los entornos, el cineasta francés Eric Rohmer ya establecía la existencia de tres espacios diferentes: el pictórico, el arquitectónico y el fílmico. Pero desde la ecología urbana, la ciudad es un ecosistema que se relaciona con el exterior mediante los flujos de materia y energía, más allá de ser ese cotidiano y territorio real que el cineasta explora y reimagina como coordenada melo de emociones, donde sus personajes deambulan por escenarios escogidos o diseñados, en juego de espacios públicos para vidas privadas, o domésticos sobre dramas colectivos. Una ciudad sin fronteras ni recelos que se presenta recluida con la intención de abrirse, y con la pretensión de conquistar el ser atemporal.

Y es entonces cuando la metrópoli se nos expresa de mil y una formas. Influenciado por Borges, Kafka y Pavese, ya lo decía Italo Calvino: «La ciudad se te apetece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte». Por otro lado, yendo a categorías, el historiador y filósofo británico Arnold J. Toynbee establecía cuatro modelos de ciudad: la ciudad-estado, la ciudad como capital, la ciudad sagrada y la ciudad industrial. Para el reputado moralista confiado en la adaptabilidad del ser humano, las civilizaciones constituían el único campo histórico inteligible.

En esta línea, recuerdo cuando Jordi Borja, geógrafo urbanista y compañero en la UOC, subrayaba eso de que la ciudad es "el continente de la Historia, el tiempo aprisionado en el espacio, la incitación del pasado y la memoria del porvenir; es decir, el lugar desde donde se producen los proyectos de futuro que dan sentido al presente". Todo porque la ciudad es "un patrimonio colectivo en el que tramas, edificios y monumentos se combinan con recuerdos, sentimientos y momentos comunitarios. No parece que la gente, mucha gente, vaya a renunciar fácilmente a todo esto", declaraba.

Para el crítico de arte y doctor en Arquitectura Javier Maderuelo, «la ciudad es una huella cultural, es a la vez el resultado y el marco pertinente de las manifestaciones culturales, es soporte y expresión del arte». Pero no se queda sólo con esto, prosigue: «en cuanto producto artificial y obra colectiva, la ciudad adquiere un profundo carácter simbólico y significativo, por eso podemos considerarla como una obra de arte que representa los anhelos, los ideales, los logros y las frustraciones de sus pobladores, así como la expresión del poder que éstos tienen».

Y así, entendida como pieza artística, la urbe «se encuentra sometida a la mirada estética y, a través de ella, podemos descubrir sus cualidades como paisaje, entorno sentimental, depósito de la Historia y, claro, escenario arquitectónico», alentaba Maderuelo a comienzos de este milenio en 'Arte Público. Naturaleza y ciudad'. Y como atendía de nuevo Italo Calvino, del neorrealismo a la lucha por la polis, «a veces me basta un retazo que se abra justo en medio de un paisaje incongruente, unas luces que afloran en la niebla, el diálogo de dos transeúntes que se encuentran en pleno trajín, para pensar que a partir de ahí juntaré pedazo por pedazo la ciudad perfecta, hecha de fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que uno envía y no sabe quién las recibe». Todo por intentar vivir en ciudades con la menor cantidad de distopías que nos sean posibles.

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