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Opinión | Firma invitada

Gracián ya nos avisó y no le hicimos caso

El 8 de enero de 1601, en el modesto pueblo de Belmonte de Gracián, cerca de Calatayud, nacía quien se convertiría en el jesuita más incómodo de España. Baltasar Gracián no llegó al mundo para confortar, sino para desenmascarar. Su pluma era un bisturí que abría en canal las vanidades de su época, y su leyenda sigue siendo un espejo demasiado fiel para quienes prefieren no mirarse.

425 años después, cuando celebramos su aniversario llenando las redes sociales de citas que medio comprendemos, conviene preguntarse qué pensaría el autor de El Criticón de nuestro tiempo. La respuesta es incómoda: probablemente se partiría de risa antes de volver a su celda, convencido de que la humanidad es incorregible.

Gracián fue el maestro del conceptismo, esa corriente literaria que condensaba universos enteros en frases quirúrgicas. «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», escribió. Cada palabra pesaba como el oro, cada concepto destilaba ingenio. En su Agudeza y arte de ingenio diseñó una arquitectura del pensamiento afilado, donde la inteligencia no se medía por la cantidad de palabras sino por su densidad conceptual.

Hoy hemos dado la vuelta completa a esa filosofía, vivimos en la era del vacuismo. Los discursos institucionales se han convertido en maratones donde se habla interminablemente para no decir absolutamente nada, un torrente de anglicismos y conceptos huecos que Gracián habría despachado con una sola línea lapidaria.

El jesuita aragonés nos enseñó que el mundo es un gran teatro de apariencias. Que tras cada gesto público hay un cálculo, tras cada sonrisa una estrategia. Su Oráculo manual es un tratado de supervivencia en la corte, pero también un manual de detección de farsantes. «No seas tenido por hombre de artificio», advertía, porque lo peor no es ser un impostor, sino que te descubran siéndolo.

Si algo caracterizaba el pensamiento de Gracián era la prudencia. No la cobardía, sino esa sabiduría práctica que sabe cuándo hablar y cuándo callar, cuándo avanzar y cuándo replegarse. «Hombre de espera», llamaba al sabio que no se precipita. En su universo moral, buscar el momento adecuado lo era todo.

En el Aragón y España de 2026 vivimos en la dictadura del ruido inmediato, cada político debe opinar sobre cada cosa en tiempo real. Twitter, ahora X, es el tribunal donde se juzga más por la velocidad de la respuesta que por su profundidad. El silencio reflexivo se interpreta como debilidad. La pausa para pensar, como torpeza.

Gracián recomendaba «saber vender sus cosas», es decir, presentarlas con el mejor empaque posible. Pero en su código ético, el envoltorio glorificaba un contenido real. Hoy hemos perfeccionado la cáscara y vaciado la nuez. Las campañas institucionales son obras maestras de diseño gráfico que promocionan proyectos inexistentes. Los planes estratégicos son monumentos de maquetación que nadie implementará jamás.

Lo más incómodo de Gracián es que nos obliga a mirarnos sin filtros. El Criticón narra el viaje de Critilo y Andrenio por un mundo corrupto donde cada institución está podrida, donde la hipocresía reina y donde solo sobrevive quien aprende a navegar entre monstruos. No es un libro optimista. Es un manual de supervivencia en la jungla humana.

Y ahí está el problema: en el Aragón contemporáneo hemos aprendido las lecciones equivocadas de Gracián. Hemos memorizado su cinismo pero olvidado su sustancia. Sabemos aparentar pero no ser. Dominamos el arte de la imagen pero despreciamos el trabajo callado. Celebramos el ingenio en Twitter pero legislamos con mediocridad.

El jesuita escribió que «la verdad, la suele llevar el tiempo en sus brazos». Confiaba en que, tarde o temprano, la realidad se impone sobre las mentiras. Pero nunca imaginó un mundo donde la velocidad impide que nada sedimente, donde las mentiras se anulan entre sí.

Cada 8 de enero, instituciones y particulares comparten frases de Gracián como si fueran memes. «Nunca acompañarse con quien le pueda deslucir», «Hombre de ostentación», «Saber usar de los amigos». Las compartimos, las celebramos y las olvidamos en segundos. Gracián se ha convertido en contenido para llenar calendarios culturales, en un aragonés ilustre más para el relato regional.

Pero aplicar de verdad a Gracián significaría abrazar la incomodidad. Exigir discursos breves y sustanciosos. Proyectos medidos por resultados, no por notas de prensa. Prudencia como virtud, no táctica electoral. Que el ingenio se premie más que la palabrería.

El autor de El Criticón nos legó un espejo. Podemos mirarnos en él o colgarlo en el museo como pieza decorativa, hemos elegido lo segundo. Y quizá por eso, 425 años después, el mundo que él retrató con ácida lucidez se parece sospechosamente al nuestro.

Gracián sabía que los humanos somos criaturas incorregibles. Quizá su verdadera lección no era que pudiéramos mejorar, sino que aprendiéramos al menos a reírnos de nuestra propia impostura. En eso, al menos, podríamos hacerle honor.

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