Opinión | El ángulo
La maquinaria del miedo
Quien cuestiona el monopolio del poder deja de ser ciudadano y pasa a ser un obstáculo. Ya no es un interlocutor político, sino un objeto a neutralizar
Es difícil seguir defendiendo la democracia con energía cuando lo que produce es poder con un solo objetivo, acumular más y más rápido. No importa la dirección ni el coste, detenerse equivale a perder. El poder que opera así no es un instrumento para gobernar, sino un fin en sí mismo. Vive de la aceleración constante, de la sorpresa, del sobresalto. Desprecian el procedimiento, los límites y la negociación. Este tipo de poder solo reconoce dos estados posibles, el movimiento o el derrumbe.
Por eso necesita enemigos de manera permanente. Enemigos externos para justificar la expansión y la amenaza, que le sirvan también para contentar al público interno, mientras se le intimida, detiene o dispara en plena calle en el peor de los casos. No se gobierna para resolver problemas, sino para demostrar quién manda.
Lo que ocurre fuera y dentro pertenece al mismo relato, la agresividad internacional y la represión doméstica son dos caras del mismo modelo. Quien cuestiona el monopolio del poder deja de ser ciudadano y pasa a ser un obstáculo. Ya no es un interlocutor político, sino un objeto a neutralizar. El gobierno elegido democráticamente desprecia todo lo que no sea obediencia por principios, por interés o por miedo.
Con el asesinato de una mujer en Minneapolis a manos de agentes migratorios del ICE vimos cómo la inversión de los papeles fue inmediata, quien muere pasa a ser señalado como amenaza mientras quien dispara es la víctima. Así se construye el enemigo interior y el efecto buscado no es sólo castigar, sino enseñar. El miedo resulta más barato que la cárcel y más eficaz que la propaganda. Funciona porque se filtra en las decisiones cotidianas, organizaciones que se retiran, abogados que prefieren no involucrarse, medios que suavizan titulares, ciudadanos que miran hacia otro lado. El poder no necesita convencer, solo necesita demostrar que puede hacerlo.
Pero este tipo de sistema tiene una debilidad estructural, no puede detenerse. Si deja de producir enemigos, pierde su razón de ser. Por eso salta de un conflicto a otro con una rapidez casi compulsiva. Hoy un país, mañana otro, pasado una minoría interna, luego un movimiento social. La velocidad no es un rasgo anecdótico sino una necesidad que nos haga sentir que vivimos en el caos y no lo podemos controlar, ni reaccionar a todo a la vez al mismo tiempo. Los espacios tranquilos exponen sus contradicciones, los dejaría sin relato y sin tensión.
Por eso, el conflicto no se juega solo en grandes elecciones o en fechas simbólicas. Se juega todos los días, cada vez que el poder intenta avanzar sin freno y encuentra, del otro lado, una frontera que no esperaba.
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