Opinión | El mirador
El olvido deliberado o la cultura de la cancelación
Cuantas veces hemos dicho a un ser cercano: «está lloviendo, no te olvides coger el paraguas» y el ser cercano lo olvida, lo excluye, le es incómodo y le da igual mojarse. Hacerse el olvidado es una estrategia que suele funcionar como herramienta de convencimiento, de fuga de responsabilidades. Nos movemos en una sociedad que ejerce de manera muy usual la hábil sicología social para persuadir, utilizando los efectos de la retórica. Una habilidad que suele darse en los ámbitos políticos, en empresas comercializadoras, incluso en los entornos laborales, creando un contexto que modela la forma de interactuar. Cuando el olvido es deliberado se posiciona como escudo para fines de intereses muy amplios, frecuentemente gestionados por fuerzas del poder como son los grupos de presión que influyen en decisiones políticas o empresariales, en favor de rendimientos particulares. Cuando salen a la luz hechos valorados como corrupciones o actos impúdicos, las cabezas latentes suelen tener gran poder controlando facciones, movilizando bases, gestionándolas desde la sombra y operando detrás de la cabeza visible, creando estados de olvidos permanentes, para seguir con los objetivos comunes en el poder de sus feudos dentro del partido y en lo personal. Tampoco hay que olvidar los conocidos lobbies cuyas organizaciones de grupos e individuos, buscan influir en las decisiones de los poderes públicos utilizando maniobras en la oscuridad para conseguir un apoyo financiero. Estas prácticas, si no demuestran lo contrario, se dice que son lícitas, pero hay una máxima que no se suele cumplir que es la transparencia como madre de la rendición de cuentas para evitar fines ocultos. Cuando no hay claridad económica se intuye la corrupción, por lo que las políticas y la decadencia perviven como algo asimilado en un vacío sin mentalidad, vulnerando los principios democráticos, las leyes y sobre todo destruyendo la confianza de los ciudadanos del país, convirtiéndolos en espejos asociados a un gobierno que se mantiene con restos de deshecho.
La cultura de la cancelación tiene objetivos similares a los olvidos motivados o intencionados, cuyo fin personal y político se mantiene con determinadas finalidades creyendo conseguir estados favorables en las decisiones de quién las ejerce en el poder. El propósito consistente es borrar la historia, los hechos, la figura de una persona o una memoria colectiva, eliminando nombres, imágenes y cultura. Aunque esta práctica ya se hacía en la época de la antigua Roma denominada damnatio memoriae , hoy en día el objetivo sigue siendo el mismo aunque se manifieste a través de tecnologías digitales. El ser humano, al margen de la época, sigue conductas que se repiten en el tiempo, sin ser consciente de que no ayudan a lograr olvidos destruyendo inscripciones, esculturas, títulos de calles, cruces religiosas...; los ejemplos son muy conocidos y la mayoría paradójicos, como las esculturas del faraón Akenatón cuyos trozos y restos dispersos hoy están reconstruidos estilo turismo. En Rusia alguna escultura del dictador comunista Stalin –asesino masivo– se conserva en museos. La cultura de la cancelación señala que es incoherente cuando esa historia se repite con un presidente como Vladímir Putin, dictador y promotor de guerras. La lista de presidentes, políticos, activistas, que están ayer y hoy en la historia humana, es muy amplia y aunque se hayan eliminado referencias históricas, seguimos con acciones disruptivas con crisis de progreso, de seguridad, aumentando la pobreza, la violencia entre los ciudadanos, especialmente en mujeres mucho más que en tiempos recordados. ¿Habrá motivos en el futuro próximo para destruir estatuas, referencias visuales como atriles, carteras-ministerio, para olvidar lo que estamos viviendo? Lo habría, pero ¿para qué?
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