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Opinión

Doble de ansiedad

Este pasado fin de semana vi cómo la ansiedad/estrés recorre los poros de nuestro cuerpo convirtiéndonos en seres irreconocibles

Convivimos con ellos a diario y a diario intentamos contrarrestarlos con métodos de autoayuda, breves sesiones de meditación, terapia, medicación relajante y un sinfín de propuestas que no consiguen arrinconarlos, porque es una evidencia que la ansiedad y el estrés afectan cada día a más personas y aunque las razones de su origen puedan ser diversas, de lo que no cabe duda es de que la sociedad en la que nos movemos invita a que sean estrellas preferentes, difíciles de controlar y cada día más agresivas e inhóspitas.

Están en todas partes: en las calles, en los comercios, en los bancos, en los colegios, en los hospitales, en las fábricas, en las residencias, en las televisiones, en la política, en las carreteras …, e incluso en el ocio, que debiera ser ese momento en el que uno desconecta y deja que fluyan las historias de otros para neutralizar las propias.

Este pasado fin de semana vi cómo la ansiedad/estrés recorre los poros de nuestro cuerpo convirtiéndonos en seres irreconocibles, vulgares y profundamente maleducados. Sábado por la tarde, Zaragoza, un bar en el centro a eso de las ocho menos cuarto y gente, bastante gente, tanto en la barra como en las mesas. Al entrar ya se respira tensión porque hay una única camarera y los clientes parecen impacientarse, unos más que otros, y algunos, en una clara muestra de falta de educación, utilizan las banquetas para depositar sus abrigos y bolsos sin importarles la suerte del resto. Una señora de unos setenta años entra, hace un recorrido visual y se dirige hacia uno de esos matrimonios que ocupa dos banquetas solo para sus abrigos y les pide que si pueden retirarlos para poder sentarse.

«Tengo muchos dolores en las articulaciones», añade. El hombre se gira, tiene el rostro enrojecido y el gesto crispado y grita: «A mí qué cojones me importan sus dolores. Acaso cree que estoy aquí para aguantar sus llantitos». El bar se silencia y la mujer quiere hacerse invisible y como nadie dice nada se marcha con la esperanza de encontrar un lugar en el que poder sentarse y disfrutar con su soledad. El hombre se sabe observado y como la ansiedad/estrés habita en cada poro de su cuerpo dice: «Toda la semana trabajando y hasta en mi rato de ocio tiene que venir una vieja a molestar». Nadie dice nada, para qué, él es tan viejo o joven como la señora y sin duda sus abrigos sobre dos banquetas son el retrato preciso de lo que sí somos.

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