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Opinión

Irán, ante su realidad

En un país al que han dejado sin teléfonos y sin internet resulta difícil saber con certeza el alcance de la masacre perpetrada por la policía iraní para atajar las protestas que empezaron hace dos semanas. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos con contactos en el interior, y medios como el servicio en persa de la BBC, evalúan en más de cientos los muertos y en más de 10.000 los detenidos desde que empezaron las movilizaciones, el 28 de diciembre. Algunas imágenes que han roto el aislamiento muestran decenas de cuerpos amontonados delante de las morgues y riadas de manifestantes en las principales ciudades.

Podemos estar, pues, ante la protesta social más masiva desde la constitución de la República Islámica en 1979, todo ello en un momento de especial debilidad del régimen de los ayatolás. Si a ello añadimos el actual contexto internacional marcado por la creciente vocación intervencionista de Estados Unidos (en este caso, de la mano de Israel), no es de extrañar que la situación de Irán se haya colocado al frente de la agenda internacional. A la magnitud de la masacre ordenada por las autoridades iraníes se une la incertidumbre sobre la reacción del Gobierno de Teherán y la actitud que adoptará Donald Trump.

Las justas reivindicaciones del pueblo iraní, oprimido por el régimen de Jamenei, no deben ser objeto de manipulación o subasta en el escenario internacional. Todo empezó con una protesta de quienes tienen un puesto en el bazar de Teherán por la caída de la cotización del rial. La incapacidad del Gobierno de Masoud Pezeshkian para atajar la inflación y la crisis económica soliviantó a los influyentes bazaríes que consiguieron atraer a su causa a otros sectores sociales. Trabajadores con salarios misérrimos, jóvenes sin trabajo ni vivienda y gente hastiada de una dictadura que reprime toda expresión de libertad, particularmente entre las mujeres. Inicialmente, Pezeshkian aceptó la legitimidad de las protestas y aceptó que la culpa de la crisis era del Gobierno y no de los norteamericanos.

Sin embargo, a medida que el movimiento se ha amplificado, las autoridades religiosas y militares han recurrido a la narrativa de la conspiración internacional y acrecentado la represión. Utilizando para ello palabras no siempre afortunadas del propio Trump, o declaraciones extemporáneas de los descendientes del sah. Sin embargo, los manifestantes de hoy no son como los de ayer. No se han dejado engañar por esta supuesta retórica de resistencia revolucionaria al exterior hostil y siguen ocupando las calles.

Irán no puede seguir atrapado en la lógica de otros tiempos. Tras los bombardeos que sufrieron sus instalaciones militares y nucleares en junio, y la derrota de Hamás en Gaza y de Hizbulá en el Líbano, debe encontrar otro encaje en el contexto regional. Debe abrirse a negociar el futuro de su programa nuclear civil con Naciones Unidas, y debe llevar a cabo reformas para atender las necesidades de una población que ha cambiado mucho en medio siglo.

No puede negar la evidencia. La comunidad internacional debe contribuir a este cambio, en particular la Unión Europea, cuya política exterior sigue paralizada. Y la sociedad civil debe manifestar su solidaridad con una población reprimida por pedir derechos sociales y libertad.

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