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Opinión

El error de reducir la inteligencia a un número

Durante mucho tiempo hemos comprendido la inteligencia como algo reducible a una medición única expresada por un número, el famoso cociente intelectual. Notas, percentiles, numeraciones estandarizadas nos han clasificado como más o menos inteligentes que otros u otras. Parece que medir nos ha dado seguridad para realizar aseveraciones que con el tiempo han resultado simplistas e incorrectas. Sin embargo, lo que empieza con una evaluación, requiere sin dudas, una comprensión que, sin embargo, incorpora otras cuestiones como el contexto, matices sutiles pero importantes, y entrevistas con preguntas incómodas. No obstante, el problema no es medir, el problema es confundir la medida con la realidad.

En la escuela -y por extensión en la sociedad- seguimos actuando como si la inteligencia fuese una propiedad fija de las personas, estable y universal, sin carácter evolutivo y que se manifiesta igual en cualquier contexto. Pero la vida cotidiana se encarga de desmentirlo a diario. ¿Cómo explicar entonces que haya alumnos brillantes que fracasan en el aula y personas con expedientes mediocres que destacan resolviendo problemas complejos fuera de ella? ¿Cómo entender que alguien con un alto cociente intelectual tome decisiones profundamente irresponsables para sí mismo o para los demás? O cómo explicar que el éxito, en gran medida, depende de la funcionalidad y adaptabilidad personal, y estas cuestiones, tienen mucho más que ver con aspectos sociales y emocionales que con elementos del intelecto.

Con el tiempo, ha surgido la posibilidad cada vez más demostrada sobre que el error esté en la pregunta que tradicionalmente nos hemos hecho. No es tanto «cuánta inteligencia tiene una persona», sino para qué, dónde y ante qué problemas se pone en juego esa inteligencia. La ciencia lleva tiempo señalándolo: la inteligencia no es solo una capacidad interna, sino una relación entre la persona y su entorno. Cambian los contextos, cambian los problemas... y cambia lo que significa ser inteligente.

No requiere el mismo tipo de inteligencia adaptarse a un aula tradicional que a una pandemia, a un entorno rural que, a una ciudad globalizada, a una crisis climática que, a un examen tipo test, incluso si cambiamos de continente, la concepción de «persona inteligente» cambia. Existen grandes diferencias entre lo que entendemos por inteligencia en occidente y lo que se entiende en oriente. Cuestiones muy marcadas por aspectos socioculturales como los rasgos individualistas o colectivistas de unas sociedades y otras.

Sin embargo, nuestros sistemas educativos siguen priorizando problemas artificiales, cerrados y de bajo impacto real. Preguntas con una única respuesta correcta, tiempos limitados, emociones controladas y consecuencias mínimas. Frente a eso, la vida plantea problemas abiertos, inciertos, cargados de emoción y con efectos reales. Y ahí es donde muchas veces el famoso número deja de ser útil. Reducir la inteligencia a un resultado numérico tiene consecuencias profundas. Invisibiliza talentos, desmotiva a quienes no encajan en el molde y genera una falsa jerarquía de personas «más» o «menos» inteligentes. Además, transmite un mensaje peligroso: que saber mucho es más importante que saber convivir, adaptarse o tomar decisiones responsables.

La paradoja es evidente. Nunca hemos tenido personas con expedientes tan brillantes y, al mismo tiempo, sociedades tan polarizadas, tan incapaces de afrontar colectivamente problemas complejos. Quizá porque hemos confundido rendimiento con inteligencia, rapidez con comprensión y precisión, y éxito individual con adaptación realmente funcional. Comprender la inteligencia implica asumir que no se expresa igual en todos los contextos ni en todas las personas. Implica reconocer que hay capacidades que solo emergen cuando el entorno lo permite, cuando los problemas son relevantes y cuando el propósito va más allá de aprobar o destacar. Implica aceptar que una escuela verdaderamente inteligente no es la que selecciona mejor, sino la que sabe ver, cuidar y desarrollar el talento en todas sus formas.

Por tanto, medir seguirá siendo necesario. Pero medir sin comprender es empobrecer la realidad. Y en educación -como en la vida- lo que no se comprende bien, se gestiona mal. Debemos dejar de preguntar solo por las notas has sacado y empezar a preguntarnos algo mucho más importante: ¿para qué estás usando tu inteligencia y a quién sirve realmente?

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