Opinión
¿Nuevos superhombres?
En la corte de Donald Trump comienza a perfilarse un modo de gestión y liderazgo político con características muy similares entre quienes detentan sus jerarquías. Uno de esos rasgos, al parecer sine qua non, sería el de ser de raza blanca. Oscuros, morenos, aindiados, cobrizos o mestizos hay pocos en ese edificio del poder (nunca mejor que ahora llamado Casa Blanca); y ninguno en el staff presidencial, donde apenas se cuenta con alguna mujer.
Concluir que la muy numerosa población norteamericana de origen africano para nada está representada en el gobierno, como tampoco los asiáticos ni los latinos (si exceptuamos vagamente a Marco Rubio, de ancestros cubanos, antirrevolucionarios, por supuesto). Los caballeros de la Tabla Oval en la corte de Trump son hombres, son blancos, son anglicanos, son republicanos del ala dura y juegan a la Bolsa y al golf.
Otra característica que comparten los Bannon, Hegseth, Vance, etcétera, es su convencimiento de que, además de pertenecer a una raza superior, están llamados a liderar la mayor potencia de la historia de la humanidad. Binomio que los convertiría en una especie de... ¿superhombres? Entroncando, me temo, antes o después, en alas de su demagógica y parda filosofía, con el concepto del superhombre de Nieztsche.
Fórmula, recordarán, superadora de la condición humana hacia una entronización del hombre-dios merced a una transmutación de todos los valores, con la voluntad de poder en la cúspide de nuevos recursos humanos. La lucha moral de Nietzsche contra el cristianismo, al que consideraba responsable de una tendencia al debilitamiento vital que despojaba al hombre de sus mejores virtudes, dejó algo de su desdén para un socialismo cuyo principio de igualdad asimismo le repugnaba.
Ese mensaje de intransigencia y élite lo situó enfrente de numerosas voces, instituciones, corrientes, sometiéndole a fuertes tensiones que seguramente contribuyeron a minar su salud. Finalmente serían los nazis de Hitler quienes le «comprarían» esa ideología extrema, aplicándola a sus intereses de dominar una Alemania arrinconada por las otras potencias tras su derrota en la I Guerra Mundial.
Trump como nuevo «superhombre», amo y señor del mundo, capaz de todo y contra todos, empieza a exigir, a modo de un rubio y nórdico dios, adoración. La imitación de sus acólitos no es sino un reflejo.Y todo ello, encima, sin haber leído a Nietzsche.
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