Opinión
Mis nuevos vecinos
Corrían los últimos años sesenta del siglo pasado y el paisaje y paisanaje de mi pueblo, como otros muchos de España, empezó a cambiar. Familias enteras volvían de Francia, tras largos años de estancia realizando trabajos nada agradables. El acento de su lengua, sobre todo en los más jóvenes, se había afrancesado. A alguno lo apodamos « el francés», como medio de identificación entre nosotros. Los recién llegados construyeron viviendas nuevas, crearon pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas y dieron un nuevo aire a la economía. Otros ocuparon las viviendas del «éxodo aragonés», de aquellos que se habían trasladado a Zaragoza o Barcelona en busca de oportunidades para una vida mejor. Todos formaban parte de una emigración que por motivos diferentes había decidido dar un cambio a sus vidas.
La historia, a distinto nivel se repite. El polo de atracción, en todos los sentidos, que supone Zaragoza y sus entornos empresariales, ha vaciado nuestros pueblos, dejando viviendas vacías y puestos de trabajo, que, por la evolución social, necesitan ser cubiertos.
En los años finales del siglo XX, nuestro paisaje y paisanaje cambió de nuevo. Primero llegaron ciudadanos europeos, procedentes del Este, sí, aquel Este del Telón de Acero; muchos rubios, con ojos azules, otros de piel más oscura, pero todos escapando de un territorio en el que la pobreza y la falta de derechos eran moneda corriente. Después llegaron sus familias o hicieron familia con españolas o españoles del lugar. Hoy forman parte de nuestras vidas, compraron o alquilaron nuestras casas vacías, los encontramos a diario trabajando en la panadería, en el taller, nos sirven el café en el bar de nuestra calle y otros han iniciado actividades empresariales. El paso del tiempo y la bonanza económica, se convirtió en un atractivo para otros que vivían en distintos continentes rodeados de pobreza e indignidad. Arriesgando sus vidas y después de grandes esfuerzos personales y económicos, han llegado a nuestra tierra. Los encontramos en nuestro entorno más cercano, son personas de otro color, algunos hablan nuestro idioma con ese acento dulzón que pronuncian los latinos, otros, los árabes, hablan su lengua, más ininteligible para nosotros y que se siempre les delata cuando han conseguido expresarse en castellano. Su cultura y sus costumbres distan mucho del ideal europeo, pero sin estridencias han encontrado acomodo entre nosotros. Sus manos son necesarias para recoger nuestras cosechas, podar nuestros frutales, amasar el cemento de nuestras obras, cuidar de nuestros mayores y trabajar en cualquier tarea. Con ellos llegaron sus familias, en algunos casos, mujeres con la cara despejada como único signo de identificación, rodeadas de niños, dos, tres, cuatro o cinco, dependiendo de su edad, que han llenado nuestro colegio multiplicado la natalidad. Otros jóvenes, hijos de los primeros que llegaron, ya han alcanzado la universidad y totalmente integrados, ocupan puestos de responsabilidad. Ya no nos resulta extraño pronunciar nombres como Constantin, Ionel, Daniela, Mohamed, Abdelmoula, Alasid, Marius, Hicham, Yordanov, Vasile o Rachid entre otros muchos. También hemos aprendido que hay otras formas de rezar.
Entre todos ellos, como en cualquier sociedad, han llegado profesionales del delito, que han hecho de ello su forma de vivir. Se comportan como aquellos españoles que hacen de la trampa su herramienta. Para los unos y los otros, la ley es el único argumento en toda su extensión y si la necesidad obliga, se puede modificar, solo hace falta que nuestros políticos se pongan de acuerdo para adecuarla a la realidad del momento.
Cada día escuchamos mensajes catastróficos respecto a la maldad y los inconvenientes que generan estas personas que han llegado de fuera. No conviene confundir la parte por el todo ya que, en una sociedad avanzada como la nuestra, está demostrado que su presencia está resultando positiva y es consecuencia de una necesidad vital, como la que obligó a aquellos españoles que a mitad del siglo XX salieron en masa de nuestro país, unos tras la guerra civil y otros en busca de trabajo.
Suscríbete para seguir leyendo
- Intolerable Sellés. La contracrónica del Cultural-Real Zaragoza
- La revisión del penalti por la mano de Francho. 'Sus formas no han sido las mejores', dice el capitán sobre el árbitro
- Adiós a una costumbre histórica en España: la Ley de Propiedad Horizontal lo deja claro
- El Gobierno de España desiste del plan que iba a acabar con la plaza del Laurel de Torrero pero se compromete a construir 64 viviendas públicas
- José Ángel Biel, el 'rey' de los pactos en Aragón, sobre el acuerdo PP-Vox: 'Hablando se entiende la gente
- Aparatoso incendio en la planta de Saica en Zaragoza: 'Vamos a dejar que arda completamente
- El Devizio, el garaje en el que tocó Mano Negra y donde nació la leyenda de Kase.O: 'No ha vuelto a haber un garito igual
- Los buzos se suman a la búsqueda del joven de Alhama desaparecido en Zaragoza
