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Opinión

Zaragoza

Otra mirada para un secuestro cruel

El cautiverio de Antonia y el horror que vivió durante meses en una vivienda de Garrapinillos evidencia un fracaso como sociedad ante el que urge reflexionar y plantearse cómo hemos llegado a esos extremos y qué hacer para que no se repitan

Antonia, la joven secuestrada y torturada durante cuatro meses en Garrapinillos, en una entrevista a EL PERIÓDICO DE ARAGÓN.

Antonia, la joven secuestrada y torturada durante cuatro meses en Garrapinillos, en una entrevista a EL PERIÓDICO DE ARAGÓN. / Jaime Galindo

Esta semana en la que todo parece girar en torno a la financiación autonómica y la campaña preelectoral en Aragón, me gustaría poner el foco en un tema que seguramente no aparezca en los discursos de los partidos. Se trata de uno de esos dramas que sobrecogen al inicio hasta que la mente, cada vez más acostumbrada a las historias escabrosas, acaba dejando atrás como si nunca hubiera ocurrido. Me refiero al dramático secuestro con torturas continuadas y vejaciones que sufrió una joven de 23 años llamada Antonia a manos de sus familiares. Rescatada por su madre y sus hermanas de las garras del terror, sufrió cuatro meses de auténtico infierno en uno de esos episodios que nos demuestran que a veces el horror habita en la casa de al lado a la nuestra.

Tuve la gran suerte de hablar con ella un día después de salir del hospital, la gran suerte porque en estos casos las víctimas suelen rehuir de los medios de comunicación y los focos porque el trauma es tan grande que no les deja casi articular palabra el simple ejercicio de relatar o recordar todo lo sufrido para que se entienda bien cómo se siente o se ha podido sentir. Nos abrió la puerta de su historia para narrar su pesadilla cuando todavía las cicatrices y quemaduras están presentes en muchas partes de su cuerpo. Nos contó que vive con un miedo que no le deja dormir por las noches mientras sus captores están en la calle. Y quizá sin darse cuenta demostraba que su fortaleza es inmensa cuando decide retratar su propio dolor en primera persona para que se conozca qué le hicieron y quiénes, mientras sus heridas curan y algunas quizá nunca lo hagan.

Llevo días pensando cuántos casos como el de Antonia puede haber ahora mismo sin que lo sepamos, cuántos casos nunca se habrán dado a conocer y sobre todo, cuántas no habrán podido salir vivas de algo así. Y recuerdo sorprendido cómo para algunas personas lo único que parece importar es la etnia de la víctima y sus agresores, o piden que se les mande a su país sin darse cuenta de que todos ellos son españoles. Les da igual no saber, se juzga sin preguntar, sin escuchar. Se da uno cuenta de que esos mensajes del odio lanzados desde la extrema derecha están calando y eso sí es preocupante. ¿Qué hemos hecho como sociedad para que estas historias sucedan y qué estamos dispuestos a hacer para que no se repitan? Desde luego, sin escuchar es difícil entender. Convivimos con personas que llevan una mochila tan pesada como la que Antonia soporta con entereza y esa dignidad que quisieron arrebatarle. Y no da votos, pero cada caso que se registre es un fracaso para una sociedad que está dejando atrás a mucha gente.

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