Opinión | EDITORIAL
Trump, un año después
Al cumplirse el primer año del segundo mandato de Donald Trump es evidente que ha sembrado una incertidumbre máxima a escala mundial, ha hecho saltar por los aires las normas más elementales del derecho internacional, ha desgastado la relación con los aliados, ha arremetido contra la división de poderes en Estados Unidos y ha deshumanizado sin miramientos la gestión de los flujos migratorios. Mientras la economía estadounidense emite señales preocupantes y las encuestas reflejan una caída permanente de la aceptación de las políticas de Trump, él persevera en la ruptura con todo lo conocido hasta la fecha y se entrega a una estrategia de índole neoimperial. Una deriva que incomoda en igual medida a quienes no le votaron que a un porcentaje cada vez mayor de los que lo hicieron confiando en su promesa de campaña de que no alentaría guerras y se centraría en los asuntos internos, adscrito a una nueva versión del aislacionismo.
Lo cierto es que en Groenlandia y Venezuela ha abierto nuevos frentes de confrontación, guiado por su propósito de asegurarse el control de recursos naturales esenciales y de someter Latinoamérica a sus designios, sigue sin pactar de forma solvente y viable el final de las guerras de Gaza y Ucrania y amenaza con agravar la desestabilización de Oriente Próximo con una segunda intervención en Irán. Sin contar nunca con los aliados históricos de Estados Unidos, dando muestras siempre de su incomodidad extrema con el punto de vista europeo a pesar de la concesión de no confrontación hecha por la Unión Europea al apaciguar el castigo arancelario. Hay en todo ello un riesgo cierto de fragmentación del bloque occidental; hay un peligro de erosión del papel y eficacia de la OTAN como paraguas defensivo y de seguridad frente a las ansias expansionistas de Rusia más allá de la invasión de Ucrania.
A la vez que lleva a la práctica una política de contención del gran competidor -China- afronta en el plano interno un proceso de degradación institucional donde identifica como adversarios a combatir a las autoridades estatales y locales del Partido Demócrata, al poder judicial y al presidente de la Reserva Federal. Se da así la insólita situación de que a punto de cumplirse 250 años de la independencia de Estados Unidos, el presidente es el primer actor en la impugnación del legado de los padres fundadores y de la Constitución, que data de 1787. Una sacudida del escenario político y social que supone una quiebra de la cultura democrática, de los rasgos distintivos del equilibrio de poderes, consustancial al perfil institucional de Estados Unidos.
A menos de 10 meses de las elecciones de mitad de mandato está Trump dispuesto a afilar las aristas más cortantes de su proceder, necesitado de contrarrestar el vaticinio de los sondeos, de neutralizar el caso Epstein y los efectos de la disidencia en el campo republicano, pequeña, pero siempre creciente, suficiente en todo caso para cambiar la mayoría en al menos una de las dos cámaras del Congreso a poco que tenga reflejo en las urnas. Nada en el presidente es predecible, no es posible asegurar que los oligarcas de las tecnofinanzas seguirán a su lado, pero forma parte de la lógica del personaje esperar que persevere en su objetivo de descabalgar el orden mundial conocido.
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