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Opinión | EL ÁNGULO

Campaña autonómica, desfile nacional

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Nos dijeron que estas elecciones iban a ser distintas, que esta vez hablaríamos solo de Aragón. Una campaña autonómica, casi artesanal, algo así como una denominación de origen política. No nos lo creímos e hicimos bien, porque no existe la burbuja autárquica y mucho menos en un contexto de alta polarización y de estrategias de partido coordinadas a escala. Mientras se insiste en que no habrá nacionalización de la campaña, Abascal se instala en Aragón quince días antes de la pegada de carteles. No es una visita puntual, sino una presencia calculada para movilizar voto y convertir Aragón en escenario de su discurso nacional. El Partido Popular celebra una cumbre sobre financiación autonómica con Feijóo y todos sus presidentes autonómicos. Un acto legítimo pero difícil de encajar en el relato de una campaña estrictamente aragonesa. Cuando el líder nacional de un partido aterriza con todo su aparato territorial, el mensaje es que Aragón importa, sí, pero como pieza dentro de una estrategia política de alcance estatal.

Jorge Azcón, además, invita a Pilar Alegría a demostrar si es capaz de reunir una cumbre similar con Illa, Page o Barbón. La provocación política es evidente y forma parte del juego, pero también refuerza la idea de que el debate ya no está circunscrito a Aragón. Se traslada al tablero de las grandes familias políticas, a la fortaleza de sus liderazgos nacionales y a su capacidad de cohesión interna.

Y no hay nada reprochable en esto, como si quieren invitar a media Comisión Europea. La política autonómica no es una isla, pero convendría no olvidarnos de que quien tiene que formar gobierno tras el 8F son los de aquí, ni Feijóo, ni Abascal, ni Sánchez. Serán los representantes elegidos en Aragón quienes gestionen la sanidad, la educación, el territorio y la proyección económica de la comunidad. Por muy potentes que sean los mensajes nacionales, el contrato político real se firma con los ciudadanos aragoneses.

Resulta llamativo que ocurra en una tierra donde el autonomismo ha sido históricamente una seña de identidad. Una tierra que llenó las calles en defensa de su autonomía, de su agua, de su dignidad institucional. Y, sin embargo, hoy vemos cómo incluso quienes reivindican ese espíritu hacen guiños a su adscripción a proyectos estatales.

Aragón no vive de espaldas a España, pero tampoco debería resignarse a ser solo un escenario más de la política nacional. El equilibrio entre ambas cosas es el verdadero reto. El 8F no se elige un gobierno para Madrid, se elige el futuro político de Aragón. Y ese, por mucha escenografía que se despliegue, sigue siendo un asunto profundamente local.

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