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Opinión

Zaragoza

Adamuz

Hoy las ciudades están de luto y los pueblos están de luto y todos tenemos parte de nuestro pensamiento en aquellas personas que ya no están

No saber dónde está Adamuz y tras convertirse en el lugar donde dos trenes impactan produciéndose la tragedia, Adamuz adquiere una resonancia insólita y dolorosa. Son cosas que pasan, nos decimos, mientras escuchamos las noticias y seguimos con nuestras vidas pensando que podíamos haber sido cualquiera de nosotros los que hubieran ido en esos trenes, porque todos viajamos en tren y todos nos sentimos seguros cuando estamos atrapados en esa hermosa atmósfera que otorgan los vagones donde la vida queda al otro lado y por un rato, el que dura el viaje, vivimos una vida atada al silencio de nuestros pensamientos, al relato de un compañero de viaje, al trabajo desde una butaca del AVE, al llanto de un bebé y de vez en cuando miramos el paisaje y vemos caer la tarde o distinguir una fina lluvia que abraza los olivares y la tierra.

En eso consiste el viaje y por eso cuando el viaje se trunca y sucede lo que sucedió el domingo un gran silencio lo atraviesa todo y todo queda en la esperanza de que el número de fallecidos sea el menor de los posibles y en que el niño, la mujer o el hombre que luchan por sus vidas en la uci de un hospital consigan salir adelante y no se sume otro nuevo dolor al dolor que ya es insoportable.

Y por eso los días navegan por un río interminable de lágrimas que son imparables para aquellos que han perdido a algún ser querido y tras el primer dolor, vendrá la rabia y la ira que debe ser respetada y esta vez esperemos que las explicaciones y las causas que han producido la tragedia no vengan precedidas de tantos interrogantes como falsedades para tapar unos los vergüenzas de los otros.

Hoy las ciudades están de luto y los pueblos están de luto y todos tenemos parte de nuestro pensamiento en Adamuz y en todas aquellas personas que ya no están y que se han ido trágicamente pasando en un segundo de la felicidad del viaje al abismo de la muerte. Es la vida, nos decimos, tan injusta como hermosa, nos repetimos para sentir una punzada menos aguda en el estómago y tomamos de la mano a nuestra madre y tomamos café con una hermana y luego salimos a la calle y sin rezar rezamos para que nada igual vuelva a suceder, sabiendo que sucederá. No será en Adamuz, quizá tampoco en España, pero sucederá porque la vida tiene sus pliegues y nunca sabemos en cuál de ellos habita el desgarro.

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