Opinión | El trasluz
La seducción de lo coherente
El peligro no reside en que nos engañen, sino en que exijamos que lo hagan

Una persona viendo la televisión. / SHUTTERSTOCK
¿Los sucesos que ocupan las portadas de la prensa y las cabeceras de los telediarios ocurren o se fabrican? No me refiero a la intención propagandística de algunos ni al viejo oficio de manipular titulares de otros. Hablo de algo más profundo, más ontológico, con perdón. Aludo a la existencia de plantas de ensamblaje de realidades inventadas, factorías donde se manufacturan acontecimientos listos para su consumo inmediato, empaquetados con su propia interpretación integrada, como si fueran electrodomésticos narrativos.
El problema, me temo, es que los sucesos apócrifos se comportan ya como los reales y los reales como los apócrifos. Ambos poseen semejante textura, parecido olor e idéntica cronología. Los seres humanos, vulnerables a la seducción de lo coherente, aceptamos lo que encaja bien en una narrativa que, por otra parte, estábamos esperando. La realidad manufacturada es clara, ordenada, nítida. Mientras tanto, los sucesos verdaderos -los que todavía se atreven a ocurrir por su cuenta y riesgo- se vuelven tímidos. Tartamudean. No saben cómo presentarse ante una audiencia que no tolera ya lo inesperado e intentan disfrazarse de lo verosímil (aunque el consenso sobre lo verosímil sea una locura). La frontera, pues, entre una cosa y otra se ha vuelto imprecisa. Vivimos en un ecosistema híbrido donde lo sucedido y lo producido conviven como dos especies que ya no pueden diferenciarse (como han dejado de diferenciarse el PP y VOX). Quizá este sea el signo de los tiempos: la realidad ha dejado de darse para convertirse en una proveedora de contenidos, como si se tratara de un servicio público externalizado.
El peligro no reside en que nos engañen, sino en que exijamos que lo hagan. La aceptación de la realidad pura y dura siempre requirió cierto valor. La manufacturada apenas exige una atención pasiva, igual que los programas de tele. En cierto modo, y sin que nadie nos lo haya ordenado, cada uno de nosotros se ha convertido ya en un trabajador no remunerado de esa fábrica invisible. Participamos en la producción de sucesos, comentándolos, replicándolos, consumiéndolos, hasta que por fin dejan de ser fabricados para convertirse, simplemente, en lo único que reconocemos como real.
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