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Opinión | firma invitada

Tu pequeño Trump interior

Quizá la verdadera fuerza sea contenerlo, respirar, resistir la pulsión de imponerse y aceptar que no siempre hay que ganar para sentirse poderoso

Todos llevamos un pequeño Trump dentro. No hace falta pelo naranja ni cuenta en X. Basta con esa pulsión primitiva de dominar, de imponerse, de confundir poder con razón. Ese impulso que convierte discusiones en combates y diferencias en enemigos a aplastar.

Vivimos en un imperio invisible, gobernado por gestos, miradas y silencios que hieren más que cualquier arma. La fuerza no se mide en músculos ni votos. Se mide en quién consigue que los demás se muevan primero, que bajen la voz, que se retracten. Todo lo que nos hace sentir arriba, aunque la mayoría del tiempo estemos inseguros, hambrientos de reconocimiento y enganchados a esa dosis inmediata de superioridad.

Te dirás que es decisión, estrategia, racionalidad. Pero la verdad es otra. Miedo disfrazado de control. Miedo a quedarse atrás, a no ser suficiente, a descubrir que los gestos de dominio no cambian nada fuera de nuestro pequeño mundo. Y que, por mucho que empujemos, el mundo sigue girando.

Ese pequeño Trump interior se manifiesta también en lo cotidiano, en lo aparentemente inofensivo. En la necesidad de tener la última palabra, en el mensaje escrito con el pulso acelerado, en la respuesta irónica que busca aplauso más que entendimiento. Está en el placer secreto de corregir en público, de señalar el error ajeno como si eso nos hiciera más firmes, más lúcidos, más importantes. Trincheras emocionales. Y desde ahí defendemos una identidad frágil que confunde contundencia con verdad.

Porque el dominio no siempre es ruido. A veces es cálculo, frialdad, una sonrisa tensa mientras el otro duda. Es la renuncia ajena arrancada por agotamiento, no por convicción. Confundir liderazgo con intimidación, carácter con dureza, éxito con sometimiento del otro. Y así, sin darnos cuenta, reproducimos a pequeña escala las mismas lógicas que decimos detestar. El pequeño Trump prospera ahí, en ese terreno donde el ego se siente seguro y la empatía estorba.

El pequeño Trump no solo habita en los grandes nombres. Está en nosotros cada vez que elegimos aplastar en lugar de dialogar, humillar en lugar de escuchar, ganar aunque no haga falta. Se alimenta de cada victoria efímera, de cada gesto de dominio simbólico. Y, cuanto más lo alimentamos, más crece el imperio invisible que nos gobierna.

Quizá no haya que derribar nada ni a nadie. Quizá la verdadera fuerza sea contenerlo, respirar, resistir la pulsión de imponerse y aceptar que no siempre hay que ganar para sentirse poderoso. Que el imperio más sólido que podemos construir es el que no destruye a otros para existir.

Y al final, cuando te miras al espejo, reconoces a tu pequeño Trump interior.

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