Opinión
Atrapa ese Lynch dorado
Ante el desamparo de Trump y del mundo, continuamos faltos de referentes. Y, por ejemplo, ya llevamos un año sin David Lynch, que justo esta semana hubiera cumplido los ochenta. Cineasta y pintor, artista totale y productor de música electrónica, el Grupo Enigma le hizo un pequeño homenaje el pasado lunes en el Auditorio, en su primer concierto de la temporada. En el arranque sonó Cabeza borradora (1977), ideada cual criatura rasgada junto a Alan Splet, editor de sonido ganador del Oscar por El corcel negro (1979), con música de Carmine Coppola para una historia de fascinación y misterio. Una inmersión sonora que el propio Lynch fue actualizando hasta componer con el roce de la aguja sobre el vinilo.
Lynch tuvo dos encuentros con Federico Fellini, con el que coincidía en fecha de cumpleaños: 20 de enero. Vinculado con la savia romana de Isabella Rossellini, el segundo cara a cara fue en un hospital, en octubre de 1993. «Me cogió la mano y charlamos durante 30 minutos. Me fui diciéndole que todo el mundo esperaba su siguiente película», confesó Lynch. Al día siguiente, el autor de Amarcord (1973) entró en coma irreversible. Maestros de la mirada interna (lo que llaman subconsciente) y del asombro, recuerdo hace seis años haber coloquiado para RNE sobre la exposición de ambos David Lynch. Somnis: homenatge a Fellini, invitado por mi querido Javier Tolentino a la Filmoteca de Barcelona.
A pesar de ser un cineasta superlativo y único, David Lynch sólo ganó el Oscar Honorífico de la Academia de Hollywood de 2019, y fue nominado como mejor director por tres films: El Hombre Elefante (1980), Terciopelo Azul (1986) y Mulholland Drive (2001). Establecí amistad con el protagonista del primero, el gran John Hurt que desde la vulnerabilidad construyó su poderoso John Merrick, y escribí presentaciones para la del tercero, Laura Harring, a mayor gloria de las bandas de su México querido. Rizomas aparte, a Mr. Lynch, eso sí, le acostumbraba comprar café para que también me regalara sus posavasos de Laura Dern en Inland Empire (2006).
Sobre meditación, conciencia y spark escribió Atrapa el pez dorado (2006), porque para el responsable de Twin Peaks (1990), la creatividad es como ir a pescar: «La primera idea siempre la comparo con pescar: sales a buscar sin saber qué vas a atrapar. La mayoría de las ideas no son tan emocionantes, pero de vez en cuando capturas una que lo es profundamente. Me gustan las ideas por dos motivos: la idea en sí y lo que el cine puede hacer con ella. A veces esa idea es solo una pequeña fracción de la película, pero me quedo ahí, la escribo para no perder esa sensación. Al concentrarte en ella, empiezan a aparecer más cosas, como si atrajeras otros peces. Y algo comienza a brotar».
Intuitivo conocedor de lo más terrible de la condición humana, apostó por eliminar la negatividad de nuestras vidas. «La auténtica paz no es la ausencia de guerra, es la ausencia de todo lo negativo», decía el autor de Carretera perdida (1997). «Es muy extraño: dicen que la negatividad es como la oscuridad, y cuando te preguntas qué es la oscuridad y la miras, ves que la oscuridad no es nada. La oscuridad es la ausencia de algo: enciendes una luz, y la oscuridad se va». Y para ello, no dejes de meditar, aseveraba en busca de la plenitud: «Usando esta técnica el estrés se va, tristeza, depresión, odio, ira, miedo... se van. Mucha felicidad, la inteligencia crece, la creatividad crece, el amor universal está ahí, crece, y aparece una paz muy profunda. E influenciamos a nuestro entorno».
Conectados con andamiaje semejante, el nuevo libro de Pablo Ortiz de Zárate que presentará el próximo martes en el Museo Reina Sofía, El arteSano (Ediciones Destino), apuesta por el arte para extraer todo su potencial terapéutico y gestionar nuestras emociones. «Aunque te encuentres en un lugar ruidoso cuando mires una pintura de paisaje, si entras de verdad en ella, te inundará todo el poder relajante de su mutismo. Esa es la gran ventaja del silencio visual: no hace falta escucharlo. Basta con verlo para sentirlo».
«El arte es tan beneficioso para la salud que todos deberíamos incorporarlo a nuestra ‘dieta’ diaria. Rodéate de arte. Intenta tener a la vista obras que te resulten agradables o te inspiren, estés donde estés. Te servirán de pequeños oasis visuales para hacer más soportables los problemas del día a día», invita Ortiz de Zárate. David Lynch comenzó a fumar a los 8 años, y al final de sus días padeció un enfisema pulmonar que le provocó la muerte. «Apenas puedo atravesar una habitación. Es como si caminara con una bolsa de plástico alrededor de la cabeza», expresó el director de Eraserhead.
Como rezaba el comunicado de la familia hace un año en el día de su fallecimiento, «hay un gran vacío en el mundo ahora que ya no está con nosotros. Pero, como él decía: ‘Mantén la vista en el donut y no en el agujero’. Es un hermoso día con sol dorado y cielos azules a lo largo de todo el camino». Ya lo comentaba Joel McCrea a Veronica Lake en Los viajes de Sullivan (1941) de Preston Sturges: «¿No crees que, estando el mundo como está, con la muerte acechando en cada esquina, la gente se ha vuelto alérgica a las comedias?». Y a la alegría de vivir, diría yo. Replanteemos el cosmos, con la amable lucidez del señor Lynch en el recuerdo.
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