Opinión
El despilfarro con diploma
Aragón atesora historia. Sus paisajes, pueblos y monumentos hablan de siglos de cultura, arte y civilización. No es casualidad que varias de sus joyas estén reconocidas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: la arquitectura mudéjar, el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y el arte rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica. Son reconocimientos que certifican nuestra singularidad en el mundo.
Sin embargo, existe una paradoja incómoda que deberíamos afrontar. Somos una superpotencia cultural que a menudo fía la custodia de sus tesoros a la buena voluntad de un vecino o a un número de móvil pegado con celo en una puerta vieja.
La arquitectura mudéjar es el caso más revelador. La UNESCO la considera un bien singular e irreemplazable, testimonio material de la convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. No existe nada comparable en el planeta y, sin embargo, visitarla sigue siendo demasiadas veces una odisea.
Prueben a visitar un martes de invierno la iglesia de Santa María en Tobed. No es una ermita menor, es una joya del siglo XIV atribuida al maestro Mahoma Rami, impulsada por el rey Pedro IV y el papa Benedicto XIII. Su interior guarda yeserías y techumbres que dejarían mudo a un turista florentino, pero Tobed tiene menos de 250 habitantes y no puede costear personal permanente. Para entrar, dependes de los horarios restringidos, de la cita previa o de la suerte.
La situación se repite en Cervera de la Cañada, en Torralba de Ribota o en los abrigos rupestres de la Sierra de Guara, parte del conjunto Patrimonio de la Humanidad del Arco Mediterráneo. Llegamos con la ilusión del viajero, nos topamos con la puerta cerrada y empieza el ritual. Preguntar en el bar, buscar a la vecina que custodia las llaves (llamémosla señora María, la guardiana universal del patrimonio aragonés) y esperar a que la vida rural nos permita pasar.
Hay algo romántico en ello, no lo niego, pero también es un fracaso clamoroso de gestión. Tener un título internacional y dejarlo criarse malvas no es prudencia presupuestaria, es negligencia disfrazada de folclore. La riqueza histórica no se mide por los diplomas enmarcados en los despachos oficiales, sino por la experiencia real que ofrecemos a quienes quieren acercarse.
El contraste con nuestros vecinos invita a la reflexión. En Francia o Italia, un título de estas características es el inicio de un proyecto cultural y turístico. Allí cada sitio cuenta con señalización profesional, centros de interpretación y horarios estables. Aquí parece que el objetivo único es conseguir el diploma para la foto institucional. Una vez colgado el título en la pared y celebrado el acto con autoridades, el monumento vuelve al silencio, al polvo y a la llave de la señora María.
No es justo culpar a los pequeños ayuntamientos, que hacen malabares con presupuestos escasos. Iniciativas como Territorio Mudéjar luchan con recursos limitados para coordinar visitas y dar sentido comarcal al patrimonio. Sin embargo, reconozcámoslo, no basta. Mientras monumentos urbanos como La Seo o la Aljafería funcionan como relojes suizos, el patrimonio rural el cual debería ser nuestra gran baza contra la despoblación juega en otra liga, la de la supervivencia a duras penas.
Aragón no necesita convertir cada iglesia en un parque temático ni sacrificar su autenticidad. Necesita algo más básico y es dignidad y accesibilidad. Que una familia pueda planificar una ruta un fin de semana sin encontrarse puertas cerradas. Que un turista extranjero no tenga que realizar un máster en gestiones previas para ver una techumbre que es Patrimonio Mundial. Que dejemos de comportarnos como el coleccionista tacaño que guarda sus tesoros en el sótano para que no se estropeen.
El patrimonio bien gestionado no es un gasto, es inversión. Es identidad y es economía. Coleccionamos declaraciones UNESCO con orgullo, pero entre tener el título y gestionarlo profesionalmente hay un abismo que todavía no hemos cruzado.
Quizá el reto de los próximos años no sea conseguir más reconocimientos, sino estar a la altura de los que ya tenemos. Se trata de sustituir la voluntariosa llave de la señora María por un modelo profesional que genere empleo y arraigo. Porque tener un tesoro único en el mundo y mantenerlo cerrado a cal y canto no es preservación. Es, sencillamente, un despilfarro con diploma.
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