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Opinión | EL ÁNGULO

Autoritarismo en ‘prime time’

Lo que está ocurriendo en Mineápolis no es un problema de inmigración ni de orden público. Es una puesta en escena del poder, de un ejercicio deliberado de brutalismo político. Donald Trump no está improvisando, está gobernando con un método que otros líderes autoritarios ya han probado con éxito, hacer del castigo visible una herramienta de gobierno.

El despliegue masivo del ICE y Border Patrol en una ciudad con una de las tasas más bajas de inmigración irregular del país no responde a ninguna lógica racional. Mineápolis es una ciudad progresista, marcada por las protestas tras el asesinato de George Floyd y convertirla en un escenario de redadas, controles arbitrarios y violencia institucional no busca resolver un problema, busca enviar un mensaje a los que no se someten.

Levitsky y Ziblatt advirtieron en Cómo mueren las democracias que el colapso democrático rara vez llega con tanques en el parlamento. Llega cuando se normaliza lo inaceptable, cuando las instituciones se utilizan contra la ciudadanía y cuando el miedo sustituye al consenso. Lo que hoy se presenta como una operación de seguridad es, en realidad, un deterioro consciente de los límites democráticos.

Ni los agentes enmascarados, ni el armamento militar, ni las identificaciones ilegales basadas en el color de piel o el acento, ni las redadas en iglesias, escuelas y hospitales son accidentales. Es el lenguaje del poder autoritario, diseñado para paralizar comunidades enteras y elevar el coste de la disidencia. Cuando protestar implica riesgo físico real, la democracia deja de ser un espacio compartido.

El objetivo no son solo los inmigrantes, son los alcaldes, los gobernadores, los activistas, los votantes. Trump necesita imágenes de ciudades ocupadas, opositores humillados, instituciones locales desbordadas. Esto es lo que ocurre cuando desobedeces, y funcionará, porque el miedo corre más rápido que los argumentos.

Por eso es crucial quién responde. Cuando el alcalde de Mineápolis o el primer ministro de Canadá levantan la voz, no están exagerando ni haciendo política partidista. Están ejerciendo una función esencial en democracia, marcar los límites. Las democracias sobreviven cuando sus actores se niegan a aceptar como normal lo que no lo es. Mirar a otro lado es la opción más cómoda y la más peligrosa. Pensar que esto no va con nosotros, que es un exceso puntual, que volverá a hacer sus gracias es participar de la degradación. Así mueren las democracias, no por falta de advertencias sino por falta de respuesta. Mineápolis no es una anomalía, es un ensayo general. Y el silencio, hoy, es parte del problema que se acerca también a nuestro país.

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