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Opinión | ojo avizor

Un escritor en el aula

Una de las profesiones habituales que uno descubre tras la figura de un escritor –porque, desgraciadamente, en nuestro país es poco frecuente poder dedicarse en exclusiva a escribir– es la docencia. En el caso de los autores de literatura juvenil que nos hemos dedicado a ambas cosas por vocación (somos unos cuantos), más allá de la seguridad económica –contar con una nómina resulta tranquilizador frente a unos ingresos que dependen de algo tan incierto como las ventas de tus libros durante todo el año, en un sector hambriento siempre de novedades–, la enseñanza es un trabajo especialmente valioso porque nos permite asomarnos directamente, sin intermediarios, al material humano y al paisaje sobre los que escribimos. Es cierto que las redes sociales, con ese exhibicionismo que tanto tiene de postureo, han facilitado mucho la labor de documentación que suele requerir un proyecto de novela con protagonistas adolescentes. Nunca ha sido tan fácil conocer los gustos, modas e inquietudes de los jóvenes, lo que resulta imprescindible para construir personajes creíbles: nuestro recuerdo de cuando tuvimos esa edad no sirve, porque el mundo es otro. Un adolescente de hoy tiene poco que ver con un adolescente de los ochenta, por ejemplo (aunque determinados rasgos de ese momento vital –la búsqueda de tu propia identidad, la inseguridad, el ansia de pertenencia a un grupo, la importancia de la amistad, el sexo y el amor– se mantengan). Por eso necesitamos observar, y dedicarse a la educación en Secundaria o Bachillerato permite obtener una imagen fiel, próxima, de esa primera capa que ellos están dispuestos a mostrar en público. Todos los escritores tenemos algo de voyeurs.

Hace pocas semanas estuve hablando sobre su experiencia con un colega escritor y profesor que ha estado de excedencia para poder terminar una novela. Él reconocía que su posición como autor había sido cómoda durante esta época de dedicación exclusiva a la escritura; escondido entre líneas, casi diría parapetado tras la pantalla de su ordenador, se había limitado a contar la historia desde, a su juicio, una posición poco comprometida de testigo. Por eso el retorno a las aulas le había supuesto un auténtico reto que no había previsto en absoluto. Solo ahora era consciente del contraste que implica abandonar el refugio de la ficción para sumergirse en la realidad. Sin tapujos. En clase laten vidas auténticas, personajes de carne y hueso. El papel de "profesor" impone una distancia, pero no la suficiente –no debería– como para impedir que atisbe las inquietudes, los sueños que albergan esos protagonistas mientras libran su propio desafío. De ahí su enorme responsabilidad; los docentes trabajan con una materia prima delicadísima: personas en formación. Cada una con su mirada, con su historia detrás. Y los autores de literatura juvenil escribimos para esas mismas personas (también) y desde ellas. Jóvenes impacientes por vivir, contienen ya en sí mismos todos los ingredientes que debe ofrecer una buena historia. Historias que, sin embargo, en cada caso particular, solo ellos podrán construir. No son personajes que el escritor maneje a su antojo, hacia un desenlace definido que ha decidido de antemano.

No, las historias a las que se asoma el profesor están todavía por escribir. Eso es lo que hace que la experiencia docente sea tan intensa y estimulante a un tiempo, que suponga –es el precio– un desgaste tan brutal. En ese sentido, el profesor es –debería ser– un narrador que sí interviene, que se implica. La docencia obliga a tomar partido, a renunciar a esa distancia neutral que brindan al autor las novelas. La ficción nunca ha podido competir con la realidad y, ahora que mi colega ha vuelto a primera línea, lo está comprobando. En el aula todo es sólido, tangible, incluso áspero. Y cuenta con la seductora incógnita de un futuro que labran paso a paso sus protagonistas, bajo el compás de fondo que marca el transcurrir de cada clase. Esa atmósfera, ese paisaje, el tejido de sus protagonistas inmersos en maniobrar por la vida que se abre paso, es lo que nos resulta inspirador a los escritores de literatura juvenil. No hay que irse lejos para escribir; las mejores historias aguardan cerca, pero hay que saber mirar.

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