Opinión | EL AULA DEL REVÉS
Sociales y emocionales
Es inevitable mirar el rendimiento académico de nuestro alumnado, o de nuestros propios hijos e hijas y no tratar de vincularlo con su aprendizaje. Sin embargo, lo hemos estado mirando con unas gafas demasiado estrechas. Notas, pruebas estandarizadas, coeficiente intelectual, funciones ejecutivas, en definitiva, valor cognitivo y de calificación. Todo eso importa, sin duda. Pero no explica por completo por qué unos niños aprenden mejor que otros, por qué algunos perseveran ante la dificultad y otros se desconectan, o por qué hay estudiantes brillantes que acaban fracasando en la escuela. La ciencia lleva tiempo señalándolo: aprender no es solo un acto cognitivo, es también –y de forma decisiva– un proceso social y emocional.
Hace unos años publiqué, junto a otras investigadoras, un estudio internacional con la participación de más de 15.700 niños y niñas de entre 6 y 12 años. Analizamos estudios realizados en Europa, América, Asia y Oceanía para responder a una pregunta sencilla pero incómoda: ¿qué peso real tienen los factores motivacionales, emocionales y sociales en el rendimiento académico? Los resultados fueron claros y, a la vez, reveladores.
Los factores motivacionales, con connotación emocional –motivación, autoconcepto y autoestima– mostraron una relación moderada y sólida con el rendimiento académico. Dicho de forma sencilla: los niños que confían en sus capacidades, que encuentran sentido a lo que hacen y que se sienten capaces, aprenden más y mejor. No es una cuestión de actitud ingenua ni de "querer es poder", sino de evidencia empírica. La motivación explica tanto el esfuerzo sostenido como la persistencia ante el error, dos ingredientes básicos del aprendizaje profundo.
Los factores sociales –habilidades sociales, competencia social e inteligencia social– mostraron también una relación moderada con el éxito escolar. Y aquí aparece una idea clave que a menudo olvidamos: aprender es un acto social. El aula no es solo un espacio de transmisión de contenidos, es un ecosistema de relaciones. Saber cooperar, comunicarse, resolver conflictos o sentirse aceptado influye directamente en la forma en que un niño se implica en su aprendizaje. No es casualidad que la edad sea un potente modulador de estos factores: a medida que los niños crecen, la dimensión social gana peso en su rendimiento académico.
Por otro lado, los factores emocionales –inteligencia emocional, competencia emocional y bienestar– mostraron una relación más pequeña, pero significativa. Esto no significa que las emociones no importen, sino que en estas edades actúan más como un soporte que como un motor directo del rendimiento. Las emociones regulan la atención, la conducta y las relaciones, y lo hacen en estrecha interacción con lo social. Un niño emocionalmente estable, que se siente seguro en su entorno familiar y escolar, está en mejores condiciones para aprender.
Quizá el hallazgo más llamativo del estudio fue otro: el contexto importa, y mucho. La cultura y el entorno geográfico explican una parte muy relevante de la relación entre estos factores y el rendimiento académico. Las sociedades, sus valores, sus modelos educativos y su forma de entender la infancia condicionan cómo se desarrollan la motivación, las emociones y las habilidades sociales. No se aprende igual en cualquier lugar, ni bajo cualquier sistema educativo.
Todo esto tiene implicaciones profundas. Si seguimos diseñando una educación centrada casi exclusivamente en contenidos, pruebas y resultados numéricos, estaremos ignorando una parte esencial del aprendizaje. No se trata de oponer lo académico a lo emocional o social, sino de integrarlo. La evidencia científica nos dice que atender al desarrollo motivacional y social del alumnado no es un añadido "blando" o secundario: es una condición para el éxito educativo. Invertir tiempo en trabajar el autoconcepto, la motivación, la convivencia o las habilidades sociales no resta horas de aprendizaje; las multiplica. Y hacerlo desde edades tempranas es especialmente relevante, porque sienta las bases de trayectorias educativas más sólidas y más justas.
Al fin y al cabo, educar no es solo enseñar contenidos, es acompañar personas en su desarrollo integral. Y en ese camino, lo social y lo emocional no son accesorios. Son, sencillamente, imprescindibles.
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