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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Pero… ¿existen las regiones?

Un poco como esos vecinos zaragozanos que continúan llamando plaza José Antonio a la de Los Sitios, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, sigue denominando "regiones" a las comunidades autónomas.

No ha debido enterarse aún –o quizá, simplemente, no desee hacerlo–, de que las «regiones» ya no existen en España. Hace cuarenta años, la vigente Constitución, votada entonces por una apabullante mayoría de españoles, transformó aquellas viejas regiones del franquismo, con sus coros y danzas, con sus gobernadores con bigotillo, con sus cárceles, en modernas Comunidades Autónomas con presidente, parlamento y defensor del pueblo, entre otros rangos y recursos de los que carecían aquellas localistas demarcaciones de la dictadura. Hablar hoy de "regiones" es un anacronismo, una imprecisión, un absurdo.

"España no es una nación de naciones", arguye Díaz Ayuso en defensa de su arcaico regionalismo. Ahí sí, en cambio, podemos estar de acuerdo, pues ni País Vasco ni Cataluña –por más que el confuso Zapatero regalase a ésta tal título–, fueron nunca naciones ni países ni estados, sino integrantes de los antiguos reinos peninsulares o del Reino de España. Entre una y otra concepción, entre la falsa apoteosis del pluralismo y el dormitar del regionalismo bucólico hay un espacio enorme, diversificado, para el Estado de las Autonomías, el nuestro, en el que, al margen de la española, no hay ninguna nación ni región, por mucho que la presidenta madrileña truene.

Con este tipo de intervenciones, más los ataques en clave nacional de la mayoría de los líderes que se han acercado por nuestras tres provincias para "animar" (¿o animalizar?) la campaña aragonesa, las elecciones del 8F comienzan a teñirse, incluso a saturarse de problemas que exceden las competencias y atribuciones de un futuro Gobierno de Aragón: que si la corrupción de unos, la incompetencia de otros, alianzas superpuestas, descalificaciones vicarias... Líderes que tan sólo pisan tierra aragonesa en viaje electoral, sin traer otra cosa, en lugar de nuevos pasos fronterizos e inversiones, factorías o sedes institucionales, más paradas de AVE y mejores servicios, que un vagón de insultos y la locomotora de solicitar dimisiones.

Regiones, ninguna. Si a Ayuso le gusta el nombre, que se lo ponga a la de Madrid. Históricamente hablando, no erraría.

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