Opinión | el comentario
Javier gascón
Mítines
En su colaboración semanal en un programa de radio, líder de audiencias, el escritor Juan José Millás afirmaba no conocer a nadie que leyera los editoriales de prensa. En realidad, cada vez hay menos gente que lee periódicos, como para encontrar a alguien que se detenga en esa página sin firma que expresa la línea ideológica y empresarial del medio. También es muy extendida la opinión de que a los mítines electorales solo se acude a jalear al amado líder. Me cuesta encontrar entre la gente que conozco a personas que rompan con esos estereotipos, pero no cejo en mi empeño. Por eso sigo echando un vistazo a los primeros con asiduidad y me dejo caer muy de tarde en tarde en alguno de los segundos, con curiosidad sociológica y también afinidad con los discursos, no nos engañemos (no me asomaría a un acto de Vox con mis pantalones de campana ni a uno de Podemos luciendo fachaleco).
La primera vez que fui a un mitin fue en la campaña de las generales de 1993 en la plaza de toros de Valencia, con Felipe González de cabeza de cartel. Acudí muy ilusionado con mi pañuelo rojo con el logo del puño y la rosa al cuello, y mi indumentaria habitual por aquel tiempo, alejada de tintes proletarios. Me miraron mal en el auditorio, y hasta me insinuaron que si no lo haría infiltrado para palpar el ambiente. Para acabar de rematarlo, de vuelta a casa, me crucé con algunos compañeros de facultad que me advirtieron de que me cuidara de pasear por las calles del barrio del Carmen (por entonces, núcleo de resistencia de espacios okupados y gentes de mal vivir) con esa seña identificatoria.
Mi segunda experiencia fue en Jerez de la Frontera, apoyando ya sin ambages la candidatura de la socialista Pilar Sánchez a la alcaldía, para acabar con décadas de pachequismo y el respaldo de numerosos colectivos vecinales. Rubalcaba era por entonces el líder nacional presente en el acto. Lo habíamos visto en una recordada foto estrangulando a Rosa Díez (candidata fallida a la secretaría general del PSOE en el último congreso que ganó Rodríguez Zapatero) mientras le decía «¡Así se gana un congreso!». También Pilar Sánchez salió rana y acabó fallando a las bases ciudadanas para pactar más tarde una legislatura compartida (dos años ella y dos años García Pelayo, del PP), mientras Pedro Pacheco ostentaba el poder en el urbanismo local los cuatro años siguientes.
Últimamente, en las pasadas elecciones municipales y autonómicas, estuve en la presentación de la candidatura de Zaragoza en Común al Ayuntamiento de Zaragozae Izquierda Unida a las Cortes de Aragón. No empeño mi conciencia ni firmo contratos por asistir a estos actos. Creo que cualquier ciudadano es libre de hacerlo sin tener que agitar banderas ni mostrar compromisos inquebrantables ni compartir a ciegas idearios con unos u otros candidatos. Hay quien va a estos actos por la tapa gratis y la bebida que se ofrece cuando confirmas asistencia (antes repartían bocadillos en los autobuses que llevaban desde los pueblos a las capitales donde se celebraba el mitin central). También hay quien dona sangre por lo mismo.
Estoy siguiendo en redes a la candidata socialista Pilar Alegría, cuyo tono me infunde algo de lo que refleja su apellido y que se aleja del debate público al que estamos acostumbrados. También hubo una campaña hace ya algunos años que recogió el título de un poema de Mario Benedetti musicado por Joan Manuel Serrat, contra el odio y el encabronamiento que rezuma la contienda política diaria. Decía «Defender la alegría». Acudo al acto convocado en Huesca con la presencia de Pedro Sánchez. Con ironía, los asesores de imagen del presidente asumieron hace tiempo las campañas de memes en redes que lo rebautizaron como Perro Sanxe. De manera que presentan el acto como «El perro, en Huesca».
Hace muchos años el PSOE utilizó la imagen de un dóberman para movilizar a sus huestes frente a la amenaza de la derecha (encarnada entonces por el tándem Aznar-Álvarez Cascos) accediendo al Gobierno de España. Hoy el dóberman es una mascota dócil comparada con lo que espera a los gobiernos autonómicos (Extremadura, Aragón, Andalucía) ante el avance de la ultraderecha. Y el Partido Popular, virtual ganador de las elecciones del 8 de febrero, tiene en sus manos convertir las administraciones autonómicas en caniches, si esa es su estrategia para llegar a la Moncloa, aunque acabe devorado por su propio engendro.
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