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Opinión | el comentario

eduardo pérez barrau

Electoralismo sin más

La campaña electoral en Aragón se desarrolla bajo una expectación inusitada. El desembarco de líderes nacionales, desplazados para escenificar su respaldo a las delegaciones regionales, acapara los informativos. Estos días, la contienda que se libra en Madrid se ha trasladado al «cuadrilátero» aragonés, convertido en escenario simbólico de la pugna política nacional. En estos comicios, lo que ocurre en Aragón ya no se queda en Aragón. El resultado de las urnas anticipará, de hecho, los movimientos tectónicos del próximo ciclo político en España.

No se votará en clave regional, como cabría esperar; esa distinción se ha desdibujado para la mayoría del electorado. Lo saben Feijóo, Sánchez, Abascal e incluso Puigdemont. De ahí el pintoresco tour de líderes nacionales por el Aragón urbano y periférico, y la crispación ambiental que se arrastra desde mucho antes del inicio de la campaña.

Hace tiempo que la política regional y la nacional se funden –y se confunden– bajo el peso de las mismas consignas. Este solapamiento de los mensajes partidistas es una consecuencia no deseada de nuestro modelo autonómico: mientras las competencias se descentralizan, la mirada política permanece fijada en Madrid.

La campaña se nutre de promesas, pero lo que realmente se dirime es el poder. Por eso, en el discurso de los candidatos cabe casi todo. Si hay que apelar al voto prometiendo mano dura en inmigración, beneficios para el campo o un millón de viviendas, se promete. Que la administración autonómica carezca de mecanismos reales o presupuesto para ejecutar tal agenda, es secundario. Lo esencial en el concurso electoral es que el votante se incline por una opción que precipite el cambio político: primero en Aragón y, por efecto dominó, en España.

La estrategia de los partidos consiste en gestionar las expectativas de los votantes. Para ello, es imprescindible que las promesas resulten deslumbrantes; que la ilusión por lo venidero compense la incertidumbre de lo nuevo; y que la oferta electoral satisfaga, sobre el papel, las demandas de una mayoría social. Se busca, en definitiva, que el ciudadano muerda el anzuelo electoral.

Ante la ausencia de proyectos territoriales propios, se impone el «sucursalismo» electoral. Esta táctica consiste en seleccionar, del repertorio de asuntos nacionales, aquellos con mayor calado mediático para incorporarlos al discurso de campaña y maximizar el rendimiento en las urnas.

Esta modalidad de marketing político se basa en subrayar las amenazas ajenas y minimizar las responsabilidades propias, sugiriendo que son «otros» quienes frenan la prosperidad y la libertad de la gente. Es una fórmula eficaz para dotar de munición retórica a los candidatos. La inmigración, Mercosur, las batallas culturales o el mismísimo Trump sirven a este propósito.

En un Estado descentralizado como el nuestro, todavía a medio construir, siempre queda abierta una vía para culpar de las insuficiencias de la gestión política a otra administración y eludir, de alguna manera, la rendición de cuentas a la que deben someterse todas las instituciones.

La dispersión de responsabilidades es la escapatoria recurrente de la política actual. Sin embargo, ese no es el rumbo que debería seguir la política en los próximos años. Enfrentar las incertidumbres que llaman a la puerta y solucionar los problemas dentro de casa requiere mucho más que este electoralismo sin más. Urge volver a la política con mayúsculas.

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