Opinión
Aragón, en el laberinto de Vox
Los aragoneses decidirán en las elecciones del próximo domingo si la comunidad fía su futuro a la estabilidad o si es la ultraderecha la que condiciona toda la acción política

Alejandro Nolasco, candidato de Vox a las elecciones de Aragón, en El Cuartelillo del Caimán, en el Tubo zaragozano. / MIGUEL ÁNGEL GRACIA
Aragón inicia hoy la cuenta atrás de una semana clave que decidirá el futuro de toda una comunidad. Los partidos que concurren a las elecciones autonómicas del próximo 8 de febrero han podido desplegar durante la primera parte de la campaña electoral su repertorio de promesas, intenciones y acciones a desarrollar en los próximos cuatro años, un periodo que marcará la senda política, económica y social de una comunidad que, más que nunca, volverá a erigirse en el termómetro de España. No son muchas las conclusiones a las que los electores aragoneses han podido llegar en el arranque de la contienda, pero estos días sí han dado pistas del envenenado laberinto sin salida en el que se puede convertir la noche electoral del próximo domingo.
Lo más preocupante es que Aragón puede perder el merecido título de tierra de pactos si la aritmética es tozuda y conduce al único escenario de un Ejecutivo de PP y Vox, que ya fracasó y no tiene visos de futuro. El PAR ha sido tradicionalmente el partido bisagra que ha permitido desbloquear formaciones de Gobierno, aunque también se dieron otras alternativas, la más reciente el cuatripartito de Javier Lambán (PSOE, PAR, CHA y Podemos) tras las elecciones de 2019. En definitiva, todos los partidos se han dejado pelos en la gatera para hacer viables las legislaturas, pero esta vez el partido de Abascal no parece dispuesto a renunciar a ninguno de sus postulados. Y ese escollo es insalvable.
Azcón ya sufrió a la ultraderecha en el primer año de la pasada legislatura y no quiere reeditar ese pacto. La factura de gobernar con Vox puede ser demasiado alta para el PP a medio plazo, una realidad que quizá ni contempla el partido de Abascal porque se siente más cómodo en la oposición y porque vive mejor al dictado de lo que ordene su líder, Santiago Abascal, que gestionando de forma responsable los recursos públicos. Resulta más rentable dibujar una comunidad en blanco y negro, inspirar el miedo, la intolerancia y el ruido que tratar de aportar soluciones a los retos a los que se enfrenta Aragón. La pregunta que conviene hacer a Abascal, Nolasco y compañía es ¿qué harían si gobernaran Aragón? Quizá se tenga que llegar a ese punto para comprobarlo.
Gobernar sin buscar soluciones realistas a los problemas es retroceder en el tiempo, hipotecar el esfuerzo colectivo de muchos años y poner un muro a la prosperidad
La pregunta es más pertinente que nunca en un momento en el que la ultraderecha recorre Europa y se ha convertido en una tendencia de moda, pero sobre todo en una amenaza. La lucha contra la inmigración es la bandera de un partido que vive obsesionado en vincular la llegada de personas de terceros países con la delincuencia, una afirmación que, además de ser falsa, dibuja un Aragón amputado y carente de futuro. Señor Nolasco ¿quién se ocupará de trabajar el campo y recoger los productos que da esta tierra sin más manos?, ¿quién levantará las viviendas que tanto necesitan las familias y los jóvenes en el llano y la montaña?, ¿quién atenderá a las personas dependientes o a aquellas que viven solas y necesitan ayuda?, ¿quién aportará riqueza económica y cultural a esta sociedad?, ¿quién llenará de niños las escuelas rurales de los municipios que viven en situación demográfica terminal? Hoy, el 25% de la población infantil de Aragón tiene un progenitor de origen extranjero y esa realidad irá a más en los próximos años. Es hora de trabajar para integrar, mejorar la convivencia y progresar, no de lanzar consignas que infundan odio. Gobernar sin buscar soluciones realistas a los problemas es retroceder en el tiempo, hipotecar el esfuerzo de muchos años de trabajo y poner un muro a la prosperidad.
El descontento es, hoy por hoy, el mayor caladero de votos de Vox, un partido que quiere capitalizar el malestar de los agricultores, a pesar de que ve con buenos ojos la aplicación de aranceles de Donald Trump a los productos españoles o el trasvase del Ebro. Pura incoherencia. Lo mismo ocurre con los jóvenes, un colectivo que se abraza a una ultraderecha que no ofrece nada a cambio, solo consignas.
Vox, en definitiva, es el gran elefante en la habitación. Todos saben que está ahí, ningún partido desea un pacto con esta formación y nadie sabe qué ocurrirá si algún día tuviera verdaderas responsabilidades de poder. Quedan siete días para reflexionar sobre hacia dónde va Aragón. Las urnas dictarán sentencia.
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