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Opinión

Cultura, progreso, humanización

Las palabras que usamos para entendernos no siempre significan lo mismo para quienes participamos en una conversación. Esto ocurre con los términos cultura, progreso y humanización. En fechas electorales, como las que estamos, poco o nada se habla de esto, y cuando se menciona, resulta como un producto etiquetado, fruto del márquetin político, que no tiene nada que ver con lo que significan estas palabras. Cuando se habla de «progreso», observo que no se vincula al término «cultura», y menos aún, al término «humanización».

El progreso del que se suele hablar no significa mejora cultural ni mejora humana. En los ámbitos políticos e institucionales, el progreso se centra en el crecimiento económico, la innovación tecnológica y la eficiencia, encaminado al bienestar material de las personas y de la sociedad, única y exclusivamente. Cuando hablan de cultura, para que el discurso quede bonito, se refieren a algunas artes y a la tradición, que, siendo importante e imprescindible, sin embargo, el concepto queda capitidisminuido, ya que se omite el hecho de que la cultura en su más amplia vertiente humaniza el progreso y resignifica los valores. Y sobre la humanización nunca nadie menciona esta palabra en sus programas electorales ni en los discursos, ni en los debates, ni en los mítines.

Estamos inmersos en la ola del materialismo y del progresismo, todo se ve con los ojos del productivismo, la tecnocracia, la inteligencia artificial sin ética, el individualismo materialista y la pérdida de sentido y de vínculos fraternos. Un progreso que no pone a la persona en el centro de la cultura causa la mayor de las injusticias: la deshumanización. Una cultura que no atiende la dimensión integral de la persona, sino que le conduce hacia esclavitudes camina en una desorientación extrema. Las esclavitudes de nuestro siglo en occidente las estamos viviendo sin ser conscientes de ellas, es inquietante comprobar que muchas de las esclavitudes son elecciones libres con las que convivimos en una dependencia cuyo abismo nos lleva a la muerte ética, moral y hasta física.

El consumismo, cuyo absoluto está centrado en el tener, no en el ser, es una de las esclavitudes de nuestro tiempo. También lo es el conjunto de adicciones, entre las que podemos destacar la digital y los estupefacientes; el miedo a quedar fuera de la esfera social, a perder estatus, a no encajar con la mayoría, lleva a un seguimiento ciego de la moda imperante, incapaz de redescubrir la importancia de adquirir un pensamiento crítico, coherente con los valores que dignifican a la persona.

La dependencia emocional afectiva que se traduce en relaciones mantenidas por necesidad más que por elección suelen ser devastadoras. Nos invade el ruido de quienes se constituyen en el cenit de la soberbia por su estatus político, económico o intelectual, sintiéndose con el derecho para ejercer una autoridad impositiva que daña a muchos, especialmente a los más desvalidos de la sociedad. Y un ruido físico y mental que atolondra las cabezas e impide vivir el silencio, como un recuperador de la conciencia personal y colectiva.

Todas estas esclavitudes se producen cuando la cultura, el progreso y la humanización dejan de ser ejes estructurales en las políticas sociales. Es entonces cuando surge el sálvese quien pueda. Y lo más evidente es que quienes menos pueden son los que carecen de una formación integral, basada en procesos de adquisición de valores éticos y de mejora social y humana.

La cultura, el progreso y la humanización, como valores que dignifican a la persona, es un asunto de todos los actores sociales y políticos. Que nadie se avergüence de proclamar a los cuatro vientos que la ética y la moral son necesarias. Son el resultado de aquellos procesos en los que la cultura acoge en su seno un desarrollo integral de la persona y lo cualifica como un tesoro que evita las esclavitudes antes mencionadas; necesitamos un progreso en coherencia con esta filosofía de la cultura; y una humanización que opere hacia el desarrollo integral de aquellas dimensiones personales, intelectuales, espirituales, sociales, físicas… que hacen del hombre y de la mujer una persona en camino hacia la vida feliz. 

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