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Opinión

Madurando en la cárcel

El desconcertante Iñaki Urdangarin acaba de afirmar que la cárcel le hizo mejor persona y mejor padre... ¿Dirá lo mismo Nicolás Maduro, ahora que cumple cien días en chirona? ¿Qué la trena le está transformando en mejor padre de la patria? Relacionar la jaula de oro del «yernísimo» con el agujero de Brooklyn donde tienen al dictador bananero no es equitativo, pero Maduro, en cualquier caso, va a poder, seguro, madurar en una prisión norteamericana durante las dos decenas de años que le pueden caer por narcotraficante, terrorista y asesino en serie de opositores e inocentes manifestantes. Podrá en todo ese tiempo, como ha hecho Urdangarin, cultivarse, leer, escribir y, urdiendo tal vez su autobiografía, repasar algunos de sus pensamientos.

Como, por ejemplo, aquel en que afirmaba que los españoles habían causado un holocausto con su conquista de América, «asesinando a sesenta millones de indios». Curiosamente, no han sido los hispanos los que lo han detenido, esposado, encarcelado, sino esos yanquis contra cuya colonización del Oeste y matanza de sioux, comanches, apaches y cien tribus más nada ha dicho el exdictador venezolano.

Los norteamericanos, realmente, no inventaron la leyenda negra contra los españoles, aunque la aprovecharon a fondo. Según uno de los mejores ensayos de Lytton Strachey, del grupo Bloomsnbury, amigo de Virginia Woolf, fue la enemistad entre Felipe II e Isabel I la que detonó esa otra batalla de pérfidas calumnias. España e Inglaterra luchaban por el dominio del mar en varios océanos. Sus armadas se enfrentaban en el Caribe, en el Mar del Norte, en el Pacífico...

Todos los pesos pesados de la corte británica, Essex, Lord Cecil, Raleigh, Drake, Walsingham... competían entre sí por organizar escuadras contra las fortificaciones españolas o por defender sus costas de las arremetidas de la –no una, sino varias– «armadas invencibles» como Felipe II organizó desde su fortaleza de El Escorial. Rodeado allí de personajes como la princesa de Éboli o el secretario de estado Antonio Pérez, el político aragonés que le traicionaría y acabaría espiando para cortes extranjeras.

¿Arrancaría de ahí, de esa imperial rivalidad, la táctica inglesa de calumniar a los soldados y conquistadores españoles, tildándolos de crueles asesinos? Puede ser un buen tema de reflexión para ese Maduro que, ojalá, como el ex duque de Palma, mejore su calidad cívica e intelectual en una celda como la que él encerró a Leopoldo López.

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