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Opinión | EL COMENTARIO

La gran subasta del 8F

Confesémoslo de entrada, esta vez sí hubo partido. El debate final organizado por EL PERIÓDICO DE ARAGÓN el miércoles en las Cortes logró lo que parecía imposible: que la sangre volviera a circular por las venas de una campaña anémica. Si el encuentro anterior fue un teatro de ventrílocuos, esta vez en el parlamento autonómico los muñecos cobraron vida. Quizás fuera la solemnidad del escenario o la presión de tener a 70 ciudadanos respirándoles en la nuca, pero los candidatos se vieron obligados a soltar el guion de Madrid y bajarse al barro. No fue un intercambio de ideas, cierto, pero sí un espectáculo más honesto en su crudeza. Una auténtica liquidación por cierre donde, por fin, vimos la mercancía tal cual es, sin filtros, lista para el saldo del domingo.

Jorge Azcón llegó al debate con el aire de quien va a firmar una hipoteca sabiendo que el banco es suyo. El presidente y candidato popular se siente líder y ejerce de tal con una suficiencia que a veces roza la prepotencia. Se dedicó a blindarse tras un muro de cifras, lanzando a la cara de la oposición las 3.000 viviendas impulsadas frente a las 86 de la era Lambán. Azcón no debate, gestiona el tiempo. Dejó que Nolasco se cociera en su propia salsa y miró a la izquierda con la indulgencia del que se sabe ganador.

Enfrente, Pilar Alegría salió a la arena más agresiva que nunca. Quizás porque huele que tiene algo que ganar, o más probablemente, porque sabe que tiene poco que perder. La candidata socialista intentó morder, pero es difícil atacar cuando llevas una mochila llena de piedras de la Moncloa. Verla defender los servicios públicos aragoneses mientras tiene que justificar los pactos de su jefe en Madrid es un ejercicio de contorsionismo que ya no cuela. Se enzarzó en la guerra de cifras de vivienda con la nostalgia de quien recuerda los tiempos de Marcelino Iglesias, pero sonó a música antigua.

El capítulo de la migración nos regaló, una vez más, la versión más histriónica de Alejandro Nolasco. El candidato de Vox ha decidido que su nicho de mercado es el miedo y no se mueve de ahí. Llamó «salvajada» a la regularización y se quedó tan ancho, encantado de recibir los golpes de toda la izquierda, porque sabe que en esa trinchera él es el único gallo. Es el «señor del caballo» al que aludía el PAR, esperando que la aritmética le permita volver a entrar en el palacio por la puerta de servicio.

En el coro de secundarios, la desesperación por meter cabeza dejó momentos entre lo cómico y lo trágico. Alberto Izquierdo (PAR) intentó vender autenticidad gritando que es «el único que es de pueblo, de verdad», como si el resto hubieran nacido en una probeta de laboratorio. Un argumento entrañable si no fuera porque su partido lleva 40 años siendo el perejil de todas las salsas que se han cocinado en Zaragoza. Jorge Pueyo (CHA) estuvo ágil, como siempre, con su lema de «una familia, una casa» y sus críticas al modelo de «camareros y servidores», pero su equidistancia calculada empieza a fatigar. Y Tomás Guitarte, con la tristeza perenne de Teruel Existe, siguió clamando que la agricultura es estratégica mientras los grandes partidos asentían con la cabeza para luego seguir hablando de Microsoft.

Por la izquierda, Abengochea (IU) y Goicoechea (Podemos) jugaron sus cartas de pureza ideológica, alertando contra el fascismo y la especulación. Tienen razón en el diagnóstico de los precios del alquiler y la privatización sanitaria, pero sus recetas suenan a brindis al sol en un parlamento que vira a estribor.

Al final, el debate de las líneas rojas confirmó que no existen tales líneas, sino simples garabatos en la arena que el viento del lunes borrará. Azcón espera gobernar sin ataduras, Alegría reza por una carambola y el resto busca sobrevivir. La sensación al apagarse los focos fue de hastío. Las cartas están marcadas, el pescado está vendido y la campaña se ha hecho más larga que un día sin pan. El domingo votaremos, sí, pero más que para elegir futuro, lo haremos para que dejen de llenarnos los buzones y calles con promesas que nadie piensa cumplir.

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