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Opinión

Pedro J. López Correas

Pedro J. López Correas

Historiador y escritor

Grisén y la Orden de San Juan de Jerusalén

Grisén fue reconquistada a los musulmanes por el rey Alfonso I, El Batallador; poco antes lo había sido la ciudad de Zaragoza (18 diciembre de 1118). Corría el año 1119. La nueva coyuntura política no provocará grandes transformaciones en lo económico, de tal manera que la población campesina musulmana no abandonó sus hogares en Grisén. Al rey aragonés no le interesaba que sus nuevos territorios conquistados quedaran despoblados y sin progreso material. El Batallador llegó prohibir que ningún moro se marchara al reino de Valencia sin su condescendencia. El cambio, pues, había consistido en el derecho político: ahora el cristiano estaba por encima, jurídicamente hablando, del musulmán. Seguidamente se hacía necesario afianzar y consolidar lo ganado.

En este empeño adquirieron especial protagonismo las recién llegadas Órdenes Militares, constituidas por unos monjes-soldados afanados en la defensa a ultranza de la fe cristiana ante el infiel islámico, y cuyo origen va íntimamente ligado con las cruzadas. Y dos de ellas tendrán importancia en suelo aragonés: la del Temple, a cuyos miembros se les llamará templarios, y la de San Juan de Jerusalén o del Hospital, los hospitalarios. Los territorios de frontera constituían la política expansionista inicial de dichas Órdenes; más adelante el rey Alfonso II (1165-1196) les dará la relevancia que necesitaban. Y a los de San Juan, el lugar de Grisén les pareció un emplazamiento idóneo…

Las primeras noticias documentadas del asentamiento del Hospital en Grisenich datan de 1144. Por aquellos años Grisén, al igual que los demás enclaves del Jalón reconquistado, estaba administrado y gobernado por unos señores bajo el mandato directo del monarca. Mas, el rey podía privarles de la tenencia si lo consideraba oportuno. Y fue el incesante goteo de los del Hospital por Grisén y sus alrededores (Oitura, Bárboles, Peramán, Plasencia, Bardallur, Épila, etc.) lo que hizo plantearse al rey Alfonso II la necesidad de valerse de ellos en pos de asegurar la prosperidad económica y espiritual de una parcela de su reino donde los mudéjares, ¡y sus costumbres!, eran clara mayoría. Así fue. En diciembre de 1177, Alfonso II, encontrándose en Calatayud, tomó la decisión de donar el poblado y el castillo de Grisén a estos monjes tan especiales... Pedro López de Luna, castellán de Amposta, en nombre de la orden recibió tan generosa merced real. Asimismo, este regalo llevaba adherido la formación de un convento de religiosas hospitalarias, ¡el primero de Aragón de esta índole! Así pues, dos conventos de San Juan coexistirán en el tiempo, el de unos frailes con espada y el de unas monjas con un gran sentido de la administración. La máquina hospitalaria se pondrá en marcha en el Jalón.

La prosperidad del Hospital pronto se hará notoria. Su propiedad inteligente de hacerse en propiedad directa con heredades bien abastecidas de agua fue bien patente y esa misma intención se reflejará a la hora de permutar heredades. Igualmente, se convirtió en la institución de mayor entidad dentro del Bajo Jalón y, por tanto, la única en llevar a cabo proyectos hidráulicos, que manejará con arreglo a sus intereses. Sus tentáculos se extendieron por un corredor que abarcaba desde Épila hasta orillas del Ebro. Y siempre referido a los frailes de Grisén, pues la propia orden estaba también instalada, desde 1178, en La Almunia de Cabañas -después de Doña Godina-. Y no muy lejos, en la cercana Ricla, regían los del Temple.

Desde finales del siglo XII hasta la 1ª mitad del siglo XIII (1189-1250) las donaciones, sobre todo en Grisén, fueron una rutinaria constante: casas, corrales, campos, viñas, ganados, etc. Cortesía que los frailes solían agradecer con la entrega de un simbólico potro. Llamando la atención que algunas de estas entregas las hacían mujeres, en su mayoría solas o ancianas, necesitadas de un alivio terrenal. Ejemplos los tenemos con Blasquita, Toda, Sancha, Glorianda... De la misma manera, la extinción de la orden templaria a principios del siglo XIV dotará de aún más recursos a los del Hospital, pues los bienes de aquella aumentaron el patrimonio de estos, lo que sucederá en 1317. La Orden de San Juan, más colmada de bienes, necesitó una nueva reestructuración organizativa y a la par, conforme el proceso reconquistador tocaba a su fin, fue perdiendo su carácter miliciano para volcarse más en sus tareas espirituales y económicas. Los cambios no provocaron, ni mucho menos, un declinar de la vitalidad de la orden y su esplendor seguirá candente por las tierras de Grisén, del Jalón y, por tanto, de Aragón durante muchos años más.

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