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Opinión

Residir en esa frágil zona gris

Desde hace pocos días, en Madrid une la calle de la soprano Ofelia Nieto con la avenida del Santo Ángel de la Guarda. Es la calle Bernardo Bonezzi, de nuevo personaje ilustre, ilustrísimo e ilustrado, esta vez por la gracia del callejero municipal. Para su delegada de Cultura, Turismo y Deporte, un artista «cuya música forma parte de la memoria sentimental de varias generaciones y del imaginario artístico de la ciudad». Para el concejal de Moncloa-Aravaca, quien «supo captar el espíritu de un Madrid más libre y diverso, que despertaba a una nueva etapa». No sobran las palabras, ni Las Horas.

También desbordan los silencios con Manuel Gómez Pereira al recordar a su compositor de cabecera, tras conversar juntos sobre ‘La cena’. Siempre he creído que la modernidad del pop español pasaba necesariamente por nuestro querido Bernardo. Lo verdaderamente moderno, caracterizado siempre por la libertad de pensamiento. «No sé si soy verdaderamente moderno», decía BB. «Lo que sí creo es que he venido desarrollado un sonido muy personal diferente a todos los demás, y eso ya es mucho. No creo que nadie pise siempre donde quiere, si no donde puede o le dejan», espetaba el compositor de Farmacia de guardia, de mi también buen amigo Mercero.

Desde Zombies, a Bernardo Bonezzi le debemos lo mejor en la eclosión pop de nuestra democracia y esa insignia de sueños llamada Groenlandia, que grabó con sólo quince años gracias a mi Luis Delgado. Nadie como él había sabido recrear atmósferas a partir de historias y canciones, y pocos, contagiar entusiasmo, elegancia y chulería cry-baby, a partes iguales, en sus directos. Qué maravilloso tremendismo sobre el escenario el de Extraños juegos, por el que hubiera pagado un brazo el mismo Tim Burton.

Pasadas las décadas, en sus últimos discos me sorprendía encontrar más de una sintonía afín a los zaragozanos El Niño Gusano de nuestro Sergio Algora, poesía de pacto por la vida. Seguro que les hubiera encantado interpretar Un cristal oscuro. «No tuve la suerte de conocerlos», me decía Bernardo. «La canción es un homenaje a Ingmar Bergman y cuestiona el silencio de Dios, especialmente en la película titulada en castellano Como en un espejo. De ahí la imagen de la puerta con una araña detrás en la letra».

En tono, estilo y parte de la narrativa, a Bonezzi le debemos grandes bandas sonoras para el cine, pero en especial las de cuatro películas de largo título: ¿Qué he hecho yo para merecer esto!, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto y El amor perjudica seriamente la salud. «Desde que empecé me interesó la parte visual de la música. De hecho, en los primeros discos que hice hay temas muy atmosféricos, como La venganza de Cthulu, Aloha o Crimen. También de ahí me fui acercando a la música cinematográfica».

Intérprete y compositor, precoz y prolífico hasta la médula, si hubiera nacido en USA, John Waters ya le habría hecho biopic a este gran Mozart de la movida madrileña. Coincidente con Warhol en la antológica Cuchillos, Cruces y Pistolas, valga como retro-muestra la despedida de La Edad de Oro con el siempre querido Carlos Berlanga, Almodóvar & McNamara, o el VHS de la fa-bu-lo-sa Banderas junto a Didi St. Louis, barbaridad de la que todavía recuerdo el momento hipnótico la primera vez que la pude oír.

Hijo de italiano y brasileña y fan fatal de Bowie, Bernardo compartió conmigo proyectos, trabajos y estados de ánimo: «Desafortunadamente nunca me siento lleno de placer, creo que la completa felicidad no existe y solo tenemos breves momentos en los que intuimos lo que puede llegar a ser el placer. Como con cualquier creación, he disfrutado y he sufrido por partes iguales». Sus composiciones rebosaban glamour y brillantez, y muchas veces iban acompañadas de quiebros e ironía, para melodías que gozaban de «segundas escuchas»: «Es que, por lo general, los discos que más me gustan son los que requieren muchas audiciones. Especialmente si en cada una de ellas se pueden descubrir elementos nuevos, que habían pasado desapercibidos».

¿Barroquismo pop? Catedralicio sí, por las construcciones que hacía my friend. Como en el cine de Laughton o Lynch, muchos son los matices que invitaban a lo subterráneo, a veces retorcido, otras reflexionando sobre las diversas formas en las que llega a sobrevivir la apariencia, tan sencillo como «esconder el polvo debajo de los muebles». «Hay mucha reflexión en mi obra, pero muchas veces hay cosas que se me escapan incluso a mí mismo, que hago de forma intuitiva y no siempre sé porqué las hago. El azar juega un papel muy importante en mi trabajo. Lo importante es que el resultado me resulte atractivo, por lo menos a mí».

«Aquellos días de la vida salvaje se acabaron ya”, rezaba una de sus letras. Una declaración modus vivendi que rabiosamente recuerda a La Herencia. Con coros a lo Lene Lovich, su canción La vida salvaje, quizá fuera el tema homenaje más genuino hecho sobre la Movida. ¿Dónde quedarnos pues, Bernardo, ahora que tienes calle? «Exactamente en donde estamos, en una frágil zona gris», respondería ese Bonezzi inconformista y sensible con el que ya podemos caminar sobre su calzada, en reconocimiento a su gran trayectoria artística, homenaje a uno de los músicos más innovadores de nuestro país.

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